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El hijo de papá, su amigo y Rueda – Por David Sanz

   

Fui a regañadientes porque al día siguiente tenía un examen de Antropología. Pero había que hacer grupo, y me sumé a la excursión dominical que organizaban mis compañeros de piso en Madrid para conocer Cuenca. Durante la madrugada terminaría de dar cuenta del pensamiento de Lévi-Strauss y Marvin Harris. Una ciudad alejada, extraviada de las principales vías de comunicación, no despertaba en principio mi curiosidad. Pero fue llegar a ese lugar mágico y darme un vuelco el corazón. Habíamos visitado antes lugares maravillosos en esas salidas dominicales: Salamanca, Segovia, Toledo, etc., pero ninguno de ellos me conquistó como este sorprendente rincón de La Mancha. Después de callejear un poco y recobrar fuerzas con un desayuno a base de morteruelo y un queso que quitaba el sentido, nos asomamos al vértigo de las Casas Colgadas.

En medio de ese paisaje sobrecogedor, donde la arquitectura se amolda a la abrupta naturaleza, algo escondido se encuentra uno de los rincones más interesantes de la producción artística nacional: el Museo de Arte Abstracto Español. Fue allí donde escuché por primera vez el nombre de Gerardo Rueda. Un artista que tuvo la osadía de hacer arte abstracto en la época más oscura de la España del siglo XX, y que se convirtió en impulsor y, luego, conservador de este museo. Por esos días de 1995, lo recuerdo porque fue uno de los temas de conversación durante el interminable trayecto que unía Madrid con Cuenca, se había producido el terrible atentado de ETA contra el entonces jefe de la oposición, José María Aznar, que afortunadamente no cumplió su objetivo. Dieciocho años después vuelvo a unir estos dos nombres, Gerardo Rueda y José María Aznar. Esta vez por algo tan sucio y ponzoñoso como el escándolo de Caja Madrid. Los mensajes que se cruzan el hijo de papá, José María Aznar Botella, recriminándole al amigo de papá y expresidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, que no consiguiera invertir 54 millones de euros de Caja Madrid para sacar adelante el proyecto de papá, que era crear un museo sobre Gerardo Rueda, apestan. Esta conversación, digna de un grotesco sainete, si no fuera porque es el reflejo zafio del funcionamiento del poder en este país, me despierta la inquietud de conocer el interés de un personaje como Aznar por el arte. Prefiero no imaginarlo, la verdad, y recordar aquella mañana soleada en Cuenca.