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Hospital portuense – Por Salvador García Llanos

   

Se cumplen en estos primeros días de diciembre treinta años del acto de entrega de la Medalla de Oro de la ciudad al hospital de la Inmaculada Concepción del Puerto de la Cruz, coincidiendo entonces con el 75 aniversario de la fundación allá por 1908. Fue Francisco Afonso quien, siendo alcalde, hizo entrega de la distinción -una de las primeras concedidas por las corporaciones democráticas- a la entonces superiora de la comunidad de religiosas Hijas de María, madre de la Iglesia, María Jesús Romero Rodríguez, desplazada a Tenerife ex profeso.

Fue un acto sencillo, celebrado en el salón de plenos del Ayuntamiento donde se congregaron la comunidad del hospital portuense, sacerdotes, benefactores y representaciones institucionales y vecinales. Afonso glosó la tarea de las monjas y el importante papel asistencial desempeñado por el centro. La superiora Romero correspondió con emotivas palabras de gratitud: “Recibimos la medalla no como el pago a un servicio sino como demostración del gran afecto y cariño que la ciudad ha acreditado siempre hacia el hospital y sus ancianos”. Después de firmar en el Libro de Honor del Ayuntamiento, el acto se clausuraba con la actuación de la banda municipal de música. En 2008, siendo alcaldesa Dolores Padrón, se conmemoró el centenario con un prolijo programa de actos.

En la historia de esta modesta dotación hospitalaria aparece sor Pura, una abnegada monja que ayudó a quien lo necesitara sin reservas. El Ayuntamiento rotuló con su nombre una vía del municipio. Figura también el doctor Luis Espinosa García-Estrada, modelo también de entrega y sensibilidad con los pacientes. Años después, la comunidad de religiosas se hizo cargo del centro de educación infantil Madre Matilde Téllez, localizado en el antiguo cartel de la Guardia Civil y dedicado a la atención y cuidado de niños abandonados o hijos de familias desestructuradas. En la actualidad, el hospital portuense, además de estar integrado, mediante concertación, en la red de centros asistenciales insulares, sigue contando con la colaboración de particulares y entidades privadas. Pero la crisis golpea en todos lados y las dificultades de subsistencia y mantenimiento se han apoderado del Hospital de la Inmaculada. Los apremios se acentúan mientras merman o se retrasan los recursos. Se han encendido los timbres de alarma, aunque no hayan trascendido. Y con la misma modestia de siempre, hay que decir que es la hora de echar una mano, de responder con diligencia a las necesidades para que el funcionamiento siga siendo como hasta ahora, pese a todas las limitaciones: ejemplar.