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Isla adentro – Por César Martín

   

Sinuosa comenzaba la carretera montaña arriba. El traqueteo del coche conformaba la banda sonora de un trío sinfónico dispuesto a dejarse seducir por el compás del movimiento. Todo perfectamente conjugado para descubrir el volcán, isla adentro. Era uno de esos días donde todo olía diferente. La luz no era la misma, los vientos no soplaban igual y el mar a lo lejos se movía juguetón. Tal vez por eso, las personas que allí nos encontrábamos vibrábamos de otra manera. Detrás de cada curva un paisaje y la palabra compañera. Así viajamos al Infierno de Dante revestido de lavas y malpaíses, transitamos de puntillas por la magnífica oratoria de J. J. Benítez a tenor de hierbas pajoneras y azufre, e incluso, recorrimos los nuevos descubrimientos de Luc Montagnier entre rayas de basalto y pómez. Logramos afinarnos en torno a la vida, al ser humano, a lo que nos preocupa y concierne. Un viaje hacia el descubrimiento de la tierra virgen y las ideas, algunas nuevas, otras renovadas. Perfecta conjugación. No fue la mayor experiencia de nuestras vidas para ninguno de los expedicionarios, pero sí éramos tres personas capaces de disfrutar los momentos, saborearlos. Eso provoca transformación, crecimiento. La corona forestal anunciaba el término del descenso cuando Matteo preguntó que por qué los árboles crecían juntos y de la misma forma hacia la luz. No alcancé a resolver la cuestión porque cuajado, observaba una hilera de rectos pinos perfectamente orientados. “Porque no tienen miedo”, respondió él mismo. No sienten miedo de alcanzar nuevas cotas y decididos, todos en igual dirección, avanzan hacia la luz. Los seres humanos vivimos acongojados y frustrados. Crecemos trazando otras trayectorias. No somos capaces de alzarnos y tomar el mando de lo que queremos ser, ni como individuos ni como conjunto. Hoy he resuelto caminar erguido y dejar de mirarme los zapatos. Dejo que el aire entre en mis pulmones. Todo puede cambiar.

@cesarmg78