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Johan Huizinga – Por Luis Ortega

   

En la seo de L´Alguer, ciudad costera de Cerdeña, constaté la devoción a unos mártires tan próximos a la leyenda como a la historia. Un 28 de diciembre, celebración de los Santos Inocentes, contemplé la solemne exposición de un pequeño cráneo dentro de un relicario de plata ante la emocionada unción de cientos de fieles. Fue otra sorpresa añadida a la belleza y cuidado de una urbe cuya planta, murallas y torres siguen intactas, Fundada en 1102 por la familia Doria, fue tomada por los catalanes en 1354 y, con la boda de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, entró en la Corona de España, a la que perteneció hasta 1720. La evocación llegó con la lectura de El otoño de la Edad Media, (Alianza, 2005), comprado con interés y, luego, olvidado varios años en un estante. Johan Huizinga, su autor, describió en 1919, el final de una era violenta y oscura, de superstición y fe impuesta a la que despojó de los valores de “anticipación de los tiempos nuevos” que ciertos eruditos le confirieron. Ortega y Gasset, que la editó en 1930 en la Revista de Occidente lo trató como “el mejor libro sobre los siglos XIV y XV en Francia y los Países Bajos”. Huizinga (1872-1945) nació y estudió en Groninga y Leipzig; fue profesor en Haarlem, Amsterdam y Leiden, de donde fue expulsado en 1942 y desterrado por los nazis a Overijssel y Güeldres donde murió; fue presidente de Humanidades de la Academia de Ciencias de Holanda y pionero en la investigación de las que se bautizaron “historias de las ideas y las mentalidades”. A sus reflexiones sobre las formas de vida y rumbos culturales del pasado unió relatos de sitios, usos y ritos de rango simbólico y escatológico, como el primer cementerio de París, dedicado a los Santos Inocentes, sacrificados en la búsqueda de Jesús. Asunto y protagonistas fueron magnificados en el Medievo y primer Renacimiento, al punto que Luis XI el Prudente, donó a la iglesia “un cuerpo entero de una víctima de la matanza ordenada por Herodes”. El camposanto tuvo gran popularidad y fue el lugar favorito para los entierros; pero su ubicación, en el centro de la capital, y la saturación aconsejaron la demolición del templo y los patios sepulcrales sobre los que se levantó en 1549 la Fontaine et la Carré des Innocents; en 1786, “por salubridad y estética” se trasladaron a unas minas abandonadas los restos de los osarios de quienes quisieron yacer bajo la protección de los niños masacrados en Belén en los albores cristianos y del recinto sólo quedó un relieve de la Gran Muerte, expuesto aún en el Museo del Louvre.