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José Pedro Pérez Llorca – Por Luis Ortega

   

Desde la aprobación de la Constitución de 1978, guardo recuerdos sobre ese manual de convivencia que, con ambigüedades y pactadas, o inevitables, nos sirvió para caminar, progresar, parar y arrancar de nuevo; y que, por imperativos externos -la ociosa Europa- o la crisis burló preceptos que nos vendieron como firmes e intocables, tales como la ley mosaica. Soy un guardón, que no coleccionista, de asuntos atractivos; la Carta Magna, entre ellas. En una alacena, tengo ediciones de bolsillo y lujo, recortes de prensa, artículos, ensayos, notas personales y audiovisuales con testimonios de notables protagonistas. En un capítulo de factura propia mantuve la pregunta sobre la posible reforma constitucional y, con distintos matices, no hallé nunca una negativa tajante. Gabriel Cisneros, Miguel Herrero (UCD) y Miquel Roca (CIU) declararon que “las leyes no tienen sello de eternidad” y que los hechos fijan su duración.

Gregorio Peces-Barba (PSOE) y Fraga Iribarne (AP) no los contradijeron pero expresaron dilaciones y condicionantes; el primero exigió, “tras los esfuerzos de consenso, un razonable horizonte temporal”; y don Manuel, se despachó a su estilo: “Claro que se puede reformar, está en su articulado, pero ahora no toca”. El más permeable y explícito fue Jordi Solé Tura, porque también fue el más generoso en las concesiones y los acuerdos. Es más: en un clima pacífico como presumía, el antiguo comunista y ministro de Cultura no le concedía a la ley de leyes tan larga vigencia e inmutabilidad. Recuerdo con interés sus reflexiones, porque la tensa quietud de estas horas revela un alarmante desinterés por la cosa pública y porque la crítica y hasta la desconfianza en las instituciones -los tres poderes, la jefatura del estado, los gobiernos, la administración de justicia, los partidos y sindicatos- llevan directamente a la marea del desencanto. Tras lo llovido y lo visto resulta inaudito el miedo a los hechos y, sobre todo a las palabras, como una vez más, se demuestra en estas fechas de diciembre. ¿Qué tiene aún que ocurrir para que la reforma constitucional se aborde, con seriedad y rigor? Entre la suma de opiniones, recabadas para un proyecto pendiente, me falta la de un personaje de gran peso en la transición y que, por talento y prudencia, no ardió después en la hoguera de las vanidades. Me refiero a José Pedro Pérez Llorca, presidente del Patronato del Museo del Prado y el séptimo de los ponentes constitucionales. Sería valiosa e ilustrativa su posición sobre la reforma que permitiría afrontar, con posibilidades de éxito, problemas e ilusiones aplazados.