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Juan ‘el del Arkaba’ – Por Carmelo Rivero

   

En la acera poblada de la avenida de Anaga siempre fue una parada obligada el Arkaba, caravasar de periodistas y parroquianos noctámbulos. Juan (de insigne calva) era el camarero copropietario, Cruyff repartiendo arrequives en el estadio de su vida del pequeño Montparnasse. Tenía una afición congénita al fútbol, era del Güímar, blanquiazul y blaugrana; me contaba historias de héroes y villanos del deporte que adoraba, y un día se puso la pajarita para ir al Rodríguez López a ver a “don Diego Armando Maradona”.

Pasábamos las horas muertas con Juan, debatiendo acerca del sexo de los ángeles. Cierto que ese recinto, que albergaba historias de amor, tenía un carisma de café icono de círculos concéntricos al pie de una pensativa palmera: el círculo de los políticos, el de Radio Club, el de la prensa y el fútbol, y el de los fetasianos, que eligieron el local como cenáculo de tertulias y maresías. En la tramoya del Arkaba cada tribu llegaba con sus bártulos y montaba su chiringuito. Juan (Juan Pérez Bermúdez) bromeaba en la máquina de tabaco con una foto del dictador (“Joderos, con Franco se podía fumar”) y se colaba en las fotos trucadas: fingía ser el niño con gorra sentado junto a Charlot en la puerta de la casa sombría en The Kid. Algo de batman había en él detrás de la barra (con sus calabazas gigantes de turno), al que una olimpiada de medios sacó de su Gotham City más allá del bulevar. En un ángulo del atelier, donde exponían artistas locales, puso la tele, en contra de su criterio, pero en 2009 el Tenerife estaba en primera y el Barça lo ganaba todo. Aquella arcadia tenía su embrujo, entre personajes mundanos y entrañables: Gil viendo las películas de vaqueros con el cartón de apuestas de estibadores, o Arroz camino del bar Capricho como un sonámbulo. Tenía libros autografiados de visitantes ilustres (y de fotos de Juan Tejera) que iban a probar la tortilla de doble piso en la terraza apacible. Enciso desembocaba de niño en la noche con las propinas de la avenida, cenaba, Juan lo metía en un taxi para que no lo asaltaran, y, cuando creció, le dio trabajo. La crisis le aguó el humor como aquellos ojos suyos y entonces se retiró a sus cuarteles del sur. Porque los hombres mueren, un día llega un viento y se los lleva.