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después del paréntesis>

Polanski – Por Domingo-Luis Hernández

   

Acabo de leer una entrevista a Roman Polasnki en la que la desgracia está presente desde la primera línea hasta la última, porque así lo quiso el interlocutor. Resumen: difícil es comprender cómo un ser de este mundo puede sobrevivir a las catástrofes que lo han acosado desde que, a los seis años, en Varsovia, vio como los alemanes invasores detenían a su padre por ser judío, como mataron a su madre que era judía en una cámara de gas en Auschwitz y como le arrebataron de su lado a su hermana que, inopinadamente, sobrevivió.

Cuenta Roman Polanski que en ese momento quería estar con su padre, que hacia él corrió. Un niño de aquella edad no solo necesitaba a su protector sino que desplegaba el afecto hacia él en el peligro. Con esos años nadie cuestiona que todo iba a salir mal. Mas, su padre lo salvó, obligándolo a que desapareciera de su lado.

Dijo que El pianista es su obra de liberación, que en esa cinta sorprendente introdujo imágenes reales que lo perseguían desde esa época y que con la impresión en el celuloide las desterró de su fatídica memoria.

Hombre marcado por esa inquina de la historia de Europa y por otros endiablados sucesos no menores: el asesinato de su amor, Sharon Tate, embarazada entonces, y los sucesos en torno a la adolescente Samantha Geimer, de quien el entrevistador afirma que Polanski abusó sexualmente de ella en casa de Jack Nicholson cuando la chica tenía 13 años.

Esa mujer acaba de publicar una autobiografía en la que en gran parte de las páginas Polanski es el protagonista. Pero el asunto es que Geimer lo trata con decoro, incluso argumenta que no le guarda rencor. Él tampoco arrima más fuego a la inquina que lo ha perseguido hasta hace bien poco con peticiones de extradición y con cárcel. Incluso treinta y tantos años después del suceso le escribió una carta a esa mujer en la que repudia lo que los ha arrinconado juntos desde hace tantos años y los ha colocado en un lugar siniestro de la prensa. Todo por ser culpable de una acción en la que la niña se movió conducida por su madre para la distinción y de la que salieron unos retratos espléndidos de una bellísima adolescente. Pero si uno mira en la reserva de este cineasta, descubre a un artista genial. Él revolucionó el cine europeo, lo puso en la cúspide con una brillantez inusual desde sus experimentos polacos. Y con ello cintas en blanco y negro que aún nos sojuzgan: desde El cuchillo en el agua y Cul-de-sac hasta la excepcional y enigmática Repulsión, con una Catherine Deneuve sin par.

Y recordamos uno de los momentos cumbres de la historia del cine, con la muerte de Sharon Tate a sus espaldas, y la puesta en imágenes de la sangre y la violencia que encierra el divino Shakespeare en su Macbeth, una de las adaptaciones cinematográficas más brillantes (con el Otelo, de Wells) de cuantas se han propuesto del dramaturgo inglés a lo largo del tiempo.

Es genial en esas horas o cuando se encierra en París, a la espera de comenzar su extraña y poco apreciable ¿Qué?, y da a la estampa la conturbadora El quimérico inquilino, él su protagonista; o cuando visita la gran industria de Holliwood y no le tiembla el pulso para dar al mundo Chinatown.

¿Qué somete, digo, el sosiego de este ser que confiesa adorar a sus hijos y que no tiene reparo en afirmar que, pese a todo, se ha sentido feliz en este mundo? “Dudo que hubiese sobrevivido si fuese un pesimista”, declaró.