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Profesionalización sindical – Por Luis del Val

   

Uno de los más graves problemas con los que se enfrentan los principales partidos políticos, aparte de la corrupción rampante, es el de la profesionalización de sus militantes. No hablo sólo de los que a los 17 años se apuntan a la sección juvenil, son concejales de su pueblo en cuanto alcanzan los 20, y no se apean de los cargos autonómicos o nacionales hasta que la muerte los separe, sino también de las vocaciones tardías que, una vez probado el fruto del “árbol del bien y del mal”, jamás se reintegran a la vida civil

El mismo proceso, por lo que vemos, han sufrido los sindicatos, que ya no se sabe si son una cooperativa de trabajo asociado, una comuna de intereses, o un holding de empresas, pero que cada vez se parecen menos a lo que entendíamos sin que nos lo explicara nadie, cuando comíamos en una cantina con un tal Marcelino Camacho. Marcelino, el de la Perkins, lucía en invierno el jersey de cuello vuelto que le había tejido para que no pasara frío en la cárcel su mujer, Josefina, y cuando decía “la patronal” sonaba a un colectivo contrincante con el que había que tener mucho cuidado. Estos sindicalistas de ahora se han vuelto empresarios, si van a la cárcel no es por la lucha sindical, sino por haber empleado el dinero público en provecho propio, y se han burocratizado hasta tal punto que han alumbrado una casta de funcionarios que sólo saben trabajar “defendiendo a los trabajadores” es un decir, y que, o son liberados, o son dirigentes, o son asesores, o se sientan en los consejos de administración de empresas propias o públicas.

A los políticos profesionalizados les llega un momento en que defienden una nómina creyendo que defienden una idea, y a los sindicalistas profesionales les sucede algo parecido: que estafan el dinero de los trabajadores para mantener un tinglado que preserve su paga y, poco menos que se creen que luchan contra el capitalismo.

A medida que pasan los calendarios el problema es mucho más difícil de resolver, porque llega un momento en que eso que llamábamos “ganarse la vida”, sólo saben llevarlo a cabo o en el partido, o en el sindicato. Y eso es lo que les hace débiles e incompatibles con cualquier idealismo, con cualquier revolución.