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el revés y el derecho>

El tiempo y la madrugada – Juan Cruz

   

Creo que dejé de escuchar la información sobre el tiempo cuando dejé mi casa del Puerto, cuando tenía dieciséis años. Mis padres se levantaban muy temprano y ponían la radio. Entonces la emisoras que mejor se sintonizaban en nuestro barrio, junto al barranco de San Felipe, detrás del fuerte de la Calle Nueva, eran Radio Nacional de España, Radio Club Tenerife y Radio Juventud de Canarias. Mi madre ponía Radio Nacional, al despertarse, y luego yo iba variando: desde las once de la mañana, Radio Juventud. Para Deportes, desde las cuatro, Radio Club. Por esas ondas me familiaricé con voces inolvidables: Paco Padrón, Goyo, Maite Acarreta, José Antonio Pardellas, Mariano Vega, Somar, Avelino Montesinos… Pero la radio de mi madre, sobre todo, era Radio Nacional…, para escuchar a Mariano Medina dar el tiempo que hacía en España. Mi madre, ya sabes, Juan Manuel, nunca salió de la isla, no fue ni siquiera al Teide, pero tenía ese interés por el tiempo que hacía, o bien estaba subyugada por la voz nasal y como perennemente acatarrada de Mariano Medina; en medio de nuestro clima más bien cálido, a pesar de la cercanía del barranco, nosotros escuchábamos (yo desde la cama, ella en la cocina) los terribles temporales del invierno peninsular, sabíamos de las brumas y de las nieves, y vivíamos así un invierno impuesto del que nosotros sabíamos de vez en cuando merced a las tremendas tormentas que (como esa de estos días) asolaban nuestro territorio. Rara vez se hacía eco Mariano Medina de aquellas circunstancias climatológicas de nuestra isla y de nuestro barrio, así que no sé si mi madre esperaba de madrugada que ahí hubiera alguna referencia a nuestros propios temporales. Nosotros sabíamos del temporal porque lo oíamos sin remisión, tremendo, rotundo, detrás del patio de la casa. Cuando me fui, rumbo a La Laguna, a Santa Cruz, y después rumbo a esos mundos, dejé de escuchar los partes del tiempo. Mi mujer oye el tiempo, siempre, pero yo apago la radio. Es una manera, me parece, de esperar a que escampe sin preocuparte demasiado de estar enterado todo el rato de todo, el tiempo incluido.