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André Breton – Por Luis Ortega

   

Desde las salas de Museo Thyssen-Bornemisza, el surrealismo tomó Madrid. Lo abrumó, contra históricas carencias, con el nivel y procedencia de las obras -desde el MOMA de Nueva York a los principales museos y colecciones de Estados Unidos, desde el parisino Centre Pompidou a la londinense Tate Galery- y la relación de maestros presentes: entre otros, Paul Delvaux, Salvador Dalí, Yves Tanguy, Joan Miró, René Magritte, Max Ernst, Andre Masson, Jean Arp, el canario Oscar Domínguez, Man Ray y, naturalmente, el profeta del movimiento, André Bretón, santón del movimiento. Con el simbólico icono de Nadja, la novela publicada en 1928, por el “profeta de la vida nueva”, es significativa la presencia de 10 mujeres, todas ellas audaces y versátiles en las más variadas manifestaciones plásticas y literarias que constituyen, además, una ajustada representación de los países que, con más prontitud y éxito, se afiliaron “no sólo a una corriente estética sino principalmente a una auténtica filosofía de vida”. Así compartieron espacio con sus colegas, amantes y competidores, las francesas Claude Cahun y Dora Maar; la checa Marie Cermínova, que utilizó el seudónimo Toyen, con carné pionero; la inglesa Leonora Carrington; la suiza Meret Oppenheim; las norteamericana Kay Sage y Dorothea Tanning; la mejicana Remedios Varo, la argentina Leonor Fini y la gerundense Ángeles Santos, la única representación femenina de España. Con más de ciento sesenta obras, en toda la variedad y riqueza que caracterizó este ciclo -pintura, dibujo, escultura, obra gráfica, collages, objetos, fotografías y filmes- se representaron las imágenes interiores que fuerza el deseo, la potencia incontrolada del inconsciente o como lo definió Breton, “el único misterio contemporáneo” compartido por gentes de lugares y opciones vitales lejanas; ahí está el luminoso y capital encuentro entre los fundadores parisinos y sus aliados insulares, los hombres de Gaceta de Arte, Westerdahl, Pérez Minik, García Cabrera, Agustín Espinosa, López Torres. Pudimos comprobar que la búsqueda de la subversión, como torrente necesario para una sociedad cansada, nació como expresión militante en un paréntesis entre las dos guerras más crueles que recuerda la humanidad, y que alentó, de modo automático, y con en creadores históricos, la utópica fusión del sueño libre y sin bridas con la vida sometida y vigilada.