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La calle es de ellos – Por Jorge Bethencourt

   

La resistencia es una cuestión de entrenamiento. Hace años era capaz de beberme media botella de matarratas y levantarme sólo con una pequeña jaqueca que se me quitaba trabajando. En la actualidad, cualquier pequeño exceso me introduce en una celda de la inquisición donde media docena de frailes enanos se dedican a quemarme las entrañas y a darme golpes en el cerebro con un martillo. El único consuelo que me queda es que esto mismo le pasa al insigne elenco de quincalla que comparte mi edad. En aquellos años felices era capaz de correr cien metros lisos en menos de 14 segundos, con bolsa, zapatos de suela deslizante y trenca. Es una modalidad que jamás se planteó llevar a las olimpiadas pero tenía su cosa. Tener detrás de ti un caballo y encima un tipo vestido de gris con una porra más grande que él ayudaba mucho, desde luego, a volar por encima de aceras, asfalto y parterres de jardines. En los años de la transición nadie se podía quejar de frío. Si estabas en la calle te podían calentar a base de bien en cualquier momento. Las lecheras blancas con luces azules y los uniformes grises ocupaban en segundos cualquier espacio urbano porque la calle -lo había dicho Fraga- era del Gobierno. Algunos ingenuos parecen no haberse enterado de que sigue siendo así o peor. Y se asombran. El Gobierno, a través de sus fuerzas “de seguridad del Estado” (o sea, de ellos) está endureciendo las actuaciones contra la protesta ciudadana. Han llenado los espacios públicos de cámaras para grabarnos. Han multiplicado las medidas de control. Han otorgado nuevos poderes a la seguridad privada. Las democracias se vuelven totalitarias para controlar a los ciudadanos con la excusa de garantizar el orden y la seguridad. Tener siempre disponible a algunos violentos imbéciles (el famoso “grupo de radicales”) que queman contenedores como el que asalta la Bastilla, es la coartada perfecta para majar palos a todo el mundo. El nuevo siglo es el de la extinción del individuo. El control de los estados sobre sus ciudadanos se volverá total no sólo en situaciones excepcionales, sino siempre. El gran hermano ha llegado para quedarse entre nosotros. El enemigo ya no son los terroristas. El enemigo es el ciudadano indignado. El sistema defiende su supervivencia como el parásito se aferra al huésped del que se alimenta. Si vas por la calle y te dan un porrazo, es por tu bien, tolete. Para que sepas quién manda aquí.