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Causa y conclusión – Por Indra Kishinchand López

   

En mi corazón dije “no lo sé”. Me avergonzaba, y por eso preferí gritar un “no”. Me oyeron hasta en el cielo. Mi corazón aún dice “no lo sé” pero ahora mi boca no duda al decirlo, no teme confesarlo.
Conservo la duda y, sin embargo, es una duda diferente. Ahora sé que vivo por el amor, y aunque me inquietan algunas preguntas, quiero seguir buscando, sé que debo.
No me creo a ningún Dios salvo a aquel que veo cada día en los rostros de mis semejantes, en sus ojos llenos de esperanza. Algunos dirán que aun no he recibido el don de la fe, ¿pero acaso no es también extraordinario poder asombrarse ante el mundo y sus gentes?

Mi asombro no elude una pregunta fundamental: ¿quién creó todo esto? ¿Por qué estamos aquí? Y no es que no me interese la respuesta… la busco en calles vacías, en bares repletos, en letras sin nombre… Pero seré honesta: no la he encontrado.
He decidido vivir por el amor al prójimo. Pero tengo miedo, tengo miedo de haber elegido un camino erróneo por el que dar la vida, porque para mí no hay más.
No habrá más oportunidades. No habrá eternidad. No la quiero.