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Cosas poco rentables – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

La sociedad nos está pidiendo un bautismo de sangre, una prueba inequívoca de quiénes somos y para qué estamos aquí. Al margen de los cansinos de siempre, comatosos intelectuales y emocionales que no engrandecen el diálogo, hay quienes se preguntan sinceramente qué aportamos los cristianos desde nuestra fe al desarrollo de este empeño común que es la vida.

Es fácil percibir que la respuesta que añoran no se encuentra en los libros de historia ni en las prédicas grandilocuentes: de arqueología sobre el hecho religioso, de fundamentaciones teóricas y de declaraciones de principios… estamos hastiados todos. Estamos empachados hasta los propios creyentes. Al menos, aquellos que han alcanzado cierto nivel de madurez.

Ahora es el tiempo de dar un paso adelante, proclama hoy la liturgia. La fiesta del bautismo del Señor en el Jordán nos sorprende en el camino de los cumplimientos navideños como una espada de doble filo que diferencia a buhoneros y trovadores de aquellos otros que están convocados a ser los verdaderos protagonistas de la Historia. “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”, entendieron todos que decía Dios sobre Jesús, nacido en debilidad y armado sólo con nuestra carne cómo único argumento para darle vida a nuestros días. “Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”. Así, con toda concreción había soñado la Historia que se presentaría aquel que iba a ser enviado con el encargo de liberar a los hombres de sus sueños estériles y de ofrecerles a cambio un horizonte realmente humano. Nacer de nuevo para descansar en el regazo de Dios mismo como único modo de vida posible. Y empuñar el arado para roturar una tierra buena, salida de buenas manos y un tanto caprichosa a la hora de entenderse a sí misma. Ésa es la misión que ofrece la fe.

Para eso existe la Iglesia. Y por eso la fiesta de hoy cobra todo su sentido al recordarnos que en la buena tierra hay sitio para las malas hierbas, las cañas cascadas y los pábilos vacilantes. Es más: para confirmarnos que es esta fragilidad la materia prima de la que están hechos los proyectos de Dios sobre el mundo.

Por eso, la Iglesia existe para estrenar cada mañana el tiempo de la misericordia sin medida. Su función es levantar al caído, encontrar futuro donde otros sólo ven derrota, admirar la belleza del que está al borde del camino a la espera de que alguien confíe en él. La Iglesia existe para sustituir un optimismo imberbe en el sur humano por sólidas razones para creer y esperar en cada criatura.

¿Que qué aportamos a la sociedad? Cosas poco rentables, casi seguro. Pero imprescindibles. No se va a ningún sitio cuando no se tiene la certeza de que hay un sitio al que ir. Y eso se nos ha regalado para compartirlo: la seguridad de que Dios habita el mundo y en su hijo nos ofrece la clave para entendernos, para querernos y para hacernos. Yo creo que no hay nada más grande.

@karmelojph