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Economía social – Por Antonio Alarcó*

   

La economía ha pasado a ocupar el primer plano de las preocupaciones de los españoles. En días recientes la última encuesta del CIS la situaba dentro de las cinco primeras cuestiones que más afectaban a los ciudadanos de nuestro país. El crecimiento económico ha sido el gran precursor de muchos de los avances de nuestra sociedad, ha hecho posible la mejora de la calidad de vida de nuestras gentes a lo largo y ancho del globo y, especialmente, a nuestro país. Es verdad que también ha sido en momentos culpables de errores no detectados a tiempo por organismos reguladores. La cuestión fundamental es comprender a la economía como algo más allá del mero (y legítimo) interés de creación de riqueza. Necesitamos una economía orientada a las personas, social, que trae consigo una comprensión de la productividad como algo insuficiente para dar respuesta a los desafíos de una sociedad del siglo XXI.

En una economía globalizada como la que vivimos, que tiene magníficas oportunidades y en la que constantemente se realizan transacciones a todos los niveles entre los rincones más alejados del planeta, el criterio de los dividendos no es suficiente argumento en el siglo XXI y requiere compromiso social, medioambiental, etc. Competir en calidad es apostar por el compromiso por las personas, arbitrando mecanismos que permitan devolver a la sociedad todo aquello que, en el legítimo ejercicio de la actividad empresarial, (en la cual creemos) se ha obtenido de ella. Y esa es la forma actual de estar en el Mercado. En este sentido apostamos por establecer fórmulas para que las empresas favorezcan este “retorno” de beneficios a la sociedad mediante la concesión de incentivos por parte de los organismos competentes con las medidas fiscales necesarias. En esa línea, el Senado aprobó en marzo de 2012 una ponencia, la de estudio sobre medidas de integración, apoyo y transferencia de conocimiento a las pymes y promoción de un código de valores, en el marco de I+D+i+d, constituida en el seno de la Comisión de Economía y Competitividad, (el cual tengo la fortuna de presidir) que pretende precisamente conseguir una economía cada día más social y productiva. De esta ponencia ha salido un extenso volumen que recopila las recomendaciones de numerosos expertos que participaron en este foro y que ya posee el Gobierno de España para lograr, efectivamente, una economía más social y productiva. Por hacer un ejercicio de síntesis: creemos que vale la pena explicar las ideas que apuestan por situar al ciudadano en el centro de la economía, poniendo esta última al servicio de los intereses del primero. Una economía que apueste por la Responsabilidad Social Corporativa, los Fondos Éticos, el Mecenazgo y el Micromecenazgo de las empresas. Fórmulas que, como el caso del microcrédito, han funcionado en países en vías de desarrollo y que han reportado pingües beneficios a la sociedad consiguiendo además un buen rendimiento económico. El nuestro, España, ha creído necesario apostar por una decidida mejoría de la fiscalidad de las empresas (pymes y autónomos que son un 83% de la masa laboral y productiva de nuestro país) que quieran colaborar de esta forma con la comunidades en las que desarrollen sus actividades. Las empresas pueden y deben sumarse al carro de los esfuerzos de la financiación de cuestiones tan estratégicas como la Investigación, la Innovación y el Desarrollo que, por lejano que parezca, es imprescindible para el cambio de modelo económico.

En definitiva, todos debemos de aunar esfuerzos para lograr una sociedad más justa y más equitativa, en donde el ciudadano sea el centro de la economía haciéndolo compatible con la creación de riqueza. Sin duda, esa economía social que hemos querido compartir con ustedes es la mejor estrategia para lograrlo.

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