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Ejemplaridad – Por Leopoldo Fernández

   

La resistencia de Tomás Mesa, alcalde de San Juan de la Rambla, a renunciar irrevocablemente al cargo que ostenta tras su condena por conducir en estado de embriaguez requiere una respuesta rotunda por parte de los dos partidos representados en el Ayuntamiento de ese municipio norteño, PSOE y CC, una vez que el PP ha decidido la expulsión del propio Mesa, único edil de los populares en esa Corporación norteña. La dignificación de la vida pública pasa inexorablemente, si los representantes políticos quieren recuperar la credibilidad perdida a cuenta de tantos escándalos, por expulsar de las más altas responsabilidades en las corporaciones y en los órganos de representación popular a quienes no son merecedores de la confianza de los ciudadanos. El concejal Mesa ha demostrado suficientemente que su comportamiento no goza del paradigma exigible a los cargos públicos; en definitiva, no es un buen ejemplo para sus conciudadanos, ni tampoco para sus compañeros del Partido Popular. Su condena por un delito contra la seguridad vial -retirada del carné de conducir durante año medio y multa de 1.620 euros-, tras protagonizar en Santa Cruz de Tenerife un accidente con heridos debido a que circulaba con el séxtuplo de la tasa de alcohol permitida -según medición efectuada por la Policía Local-, no hace sino abonar la idea de que con su conducta no honra en absoluto la representación que ostenta. No se trata de un asunto privado, como reiterada y equivocadamente sostiene el alcalde Mesa. El incidente por él protagonizado es un asunto de interés público porque público es su sueldo y público el interés de sus actividades. Más allá del dormitorio, los políticos no tienen vida privada y en cualquier circunstancia les es exigible un proceder intachable y ejemplar. Expulsado y bien expulsado del PP tinerfeño -aunque debió serlo desde el momento mismo en que trascendió públicamente su borrachera-, no debe permitirse que Tomás Mesa continúe agarrado a su cargo de alcalde tras declarar, en plan soberbio, que no dimitirá bajo ningún concepto. Sería tanto como bendecir el peor de los ejemplos en un político que demuestra carecer de escrúpulos y hasta de falta de sentido de la responsabilidad. Por eso Fidela Velázquez -o, en otro caso, alguien de CC- debería volver a su puesto de alcaldesa, cargo que perdió tras una moción de censura que premió al ahora condenado por los tribunales, tras pactar el relevo con los nacionalistas. Pero es peor aún que sigan en sus puestos algunos concejales canarios envueltos en escándalos similares al protagonizado por Tomás Mesa, lo que prueba que la regeneración ética y moral de la vida pública sigue siendo una de las asignaturas pendientes de nuestra democracia.