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Es lo que hay – Juan Hernández Bravo de Laguna

   

La cultura ciudadana y política de los españoles, y nuestros valores cívicos y políticos, adolecen de una enorme cantidad de elementos negativos que lastran nuestra adaptación a las exigencias de una sociedad democrática. En pocas palabras, carecemos de tradición y de referencias democráticas homologables con las sociedades de nuestro entorno. Por el contrario, estamos acostumbrados a enfrentarnos entre nosotros -y a matarnos- sistemáticamente cada cierto tiempo. La triste consecuencia es que lo de las dos Españas no es una mera figura poética o una licencia expresiva del poeta, sino una realidad auténtica que, por desgracia, todavía está presente en la sociedad española. Desde la guerra civil de las Comunidades castellanas y las Germanías de Valencia hasta las tres guerras carlistas del siglo XIX y la última guerra civil, pasando por los enfrentamientos de 1640 y la Guerra de Sucesión a la Corona que, entre otras cosas, nos costó Gibraltar, nuestra historia consiste en una serie de guerras civiles y enfrentamientos fraticidas, sin contar los pronunciamientos militares y los asesinatos políticos, que incluyen varios presidentes del Gobierno. En nombre de la memoria histórica se buscan los restos humanos de la última guerra civil, pero, si seguimos profundizando en nuestra geografía, encontraremos en sucesivos estratos los restos de nuestros enfrentamientos anteriores, que avergüenzan nuestra historia.

La imbricación entre la sociedad española y la religión -la jerarquía católica- ha sido absoluta, hasta un punto solo comparable en Europa con los casos irlandés, portugués o italiano, o el caso griego respecto a la ortodoxia. Y esa imbricación ha supuesto que nuestros valores y referencias fuesen exclusivamente los de la Iglesia española, una Iglesia, además, que en muchos períodos no se ha caracterizado por su modernidad. Cuando el proceso de secularización ha resquebrajado o destruido esos valores y referencias católicos en un segmento significativo de la sociedad española, el resultado ha sido la nada, la ausencia de cualquier valor y cualquier referencia. No hemos sido capaces de construir una moral pública, una ética cívica no anclada en la religión, según el modelo de las sociedades del norte de Europa. Y si a esa carencia unimos nuestra concepción picaresca de la vida, la tragedia está servida. Esto es lo que hay, como se suele decir.

Somos una sociedad picaresca, una sociedad de pícaros persuadidos de que si las normas y las leyes son democráticas, eso significa que no hay que cumplirlas, incluyendo la Constitución. Unos pícaros que piensan que los derechos no tienen límites y se ejercen como cada uno quiera, y no de acuerdo con las leyes que los regulan y limitan. Unos pícaros para los que ganar unas elecciones implica obtener una patente de corso para apoderarse del Estado y de todas sus instituciones.

En resumen, somos una sociedad desarticulada y corrupta. Sufrimos una corrupción social y política generalizada de proporciones gigantescas. Sufrimos una clase política, unos partidos y unos sindicatos corruptos. Sufrimos una Justicia injusta y desigual. Desde las más altas instituciones del Estado hasta el último Ayuntamiento, nuestros dirigentes y gobernantes no se han hecho respetar ni han cumplido su deber de ejemplaridad. Y como no se han hecho respetar, la gente les ha perdido el respeto.

En efecto, la sociedad española no respeta ni a su Parlamento: así las gastamos por estos andurriales ibéricos: Porque únicamente en una sociedad sin tradición ni referencias democráticas, una sociedad dividida y cainita, es concebible una convocatoria bajo el lema “Rodea el Congreso”, el símbolo y el depositario de la soberanía del pueblo español, del que emanan los poderes del Estado, según establece la Constitución. Esa fue la reciente convocatoria que hicieron la Coordinadora o Plataforma 25-S y los opositores a la anunciada Ley de Seguridad Ciudadana, cuyo Anteproyecto ha dado a conocer el Ministerio del Interior. Por desgracia, hay antecedentes de tentativas de asalto al Congreso de los Diputados y al Parlamento de Canarias, entre otros parlamentos autonómicos, y de amenazas e intentos de coacciones a los diputados. Y eso que, como no podía dejar de ocurrir, el Código Penal sanciona tales comportamientos.

Una de las tradiciones de estas fechas en que comienza un nuevo año son los buenos deseos y las felicitaciones. Creyentes y no creyentes, imbuidos por el espíritu navideño, se felicitan mutuamente. Y es muy curioso observar como los no creyentes se felicitan entre sí por un nacimiento divino en el que no creen, aunque sea imposible despojarlo de su significado trascendente.

En este cúmulo de tradiciones se encuentran también los buenos propósitos personales, las buenas intenciones de cambiar de conducta con el cambio de año. Unos buenos propósitos y un cambio de conducta que, en el mejor de los casos, duran unos pocos días. Pues bien, sería deseable que la sociedad española y sus políticos se propusieran cambiar en este Año Nuevo; aunque, no nos engañemos, no lo van ni a intentar. Y en el año que ahora comienza seguirán siendo iguales.
Quisiéramos ser más optimistas, pero la realidad se impone. Según decíamos antes, esto es lo que hay, como se suele decir.