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Henry Moore – Por Luis Ortega

   

Con inevitable nostalgia, hace varios días que dijimos adiós a las esculturas que, durante unas semanas, ennoblecieron las calles de Santa Cruz y que, a partir de ahora, emprenderán una benéfica peregrinación por Las Palmas, Valencia, Bilbao y Sevilla. Frente a la política nepótica y alicorta de nuestras instituciones públicas y financieras, la iniciativa de La Caixa aportó una expresiva prueba de sus rumbos culturales y nos devolvió, con menos bombo y platillo del que estábamos acostumbrados, al mapa de los acontecimientos notables que, alguna vez, tuvieron aquí marcos idóneos y buenas acogidas. Aún ausente, Henry Spencer Moore (1898-1986) fue el protagonista principal de la Exposición de Arte en la Calle, que tuvo como mentor, y motor, a Eduardo Westerdahl, y que contó con la participación de un Colegio de Arquitectos cuyas inquietudes y compromisos estéticos y sociales no se han repetido hasta la fecha. El artista británico, amigo de Pablo Picasso (al que conoció mientras pintaba el Guernica) y un ferviente admirador de la España republicana, que inmortalizó en su primera litografía titulada Prisionero español (evocación de los milicianos detenidos en Francia) dejó un singular regalo a Canarias. La colosal copia del Guerrero de Goslar es la joya de la, al fin, despolitizada Rambla y marcó consecuentemente una exigencia de calidad para el equipamiento artístico de una capital, entonces, con todas sus potencialidades intactas. Responsable de las colecciones de la fundación y comisaria de la muestra Anita Feldman resaltó el carácter de las siete piezas broncíneas, reflejos fieles de sus temáticas favoritas: las figuras humanas, imbricadas en audaces y totémicas maternidades (la madre como poder protector y envolvente y el hijo, la entraña reducida de la forma superior) o integradas en masas rocosas donde extremidades y cabezas simulan eminencias de fuerza y magnetismo determinantes. En la selecta producción de Moore -realizada exclusivamente en los materiales más nobles- mármol y bronce, principalmente -se alían el azar- buscaba en sus paseos sugestivas piedras y objetos vegetales que luego magnificaba -con su poderoso instinto de constructor y un táctil y amoroso tratamiento de los acabados-. Pensamos en lo grata y necesaria que resulta la convivencia con la belleza y recordamos la sobria sepultura de Moore, en la cripta de la londinense Catedral de San Pablo, rodeado de ilustres compatriotas, Nelson, Wellington, Fleming, Lawrence de Arabia, honor insólito para un artista contemporáneo.