X
tribuna > Charo Zarzalejos

La infanta – Por Charo Zarzalejos

   

Un mal, cualquiera que este sea, tiene una única y exclusiva causa. Es una conjunción de circunstancias, de decisiones o de hábitos lo que nos lleva al atolladero. Esto que ocurre a las personas, es perfectamente aplicable a las instituciones, en este caso a la Corona. La caída de estima en esta Institución es un hecho incontestable y se podrían escribir páginas y páginas sobre las causas, pero una de ellas, especialmente importante, vergonzosamente impropia y que viene actuando como una gota malaya es el asunto Urdangarin cuyo epicentro, en estos momentos, está en la persona de la Infanta Cristina. El juez Castro la ha vuelto a imputar -que no a acusar- en un auto sin precedentes por su innecesaria pero premeditada extensión. Cuando se escriben estas líneas está pendiente de confirmación el correspondiente recurso que, quizás, sólo quizás, no se llegue a presentar. Pero al margen del aspecto estrictamente jurídico, hay otros aspectos tan importantes o más. Llegados a este punto del desastre sería más que deseable que la Infanta Cristina tuviera un arrebato de responsabilidad.

Es de suponer que la Infanta Cristina no lo esté pasando bien pero el agobio que pueda sentir no le exime de actuar responsablemente y responsable sería que, por ejemplo, renunciara al recurso y plantara cara a la situación yendo a declarar, a explicar lo que sabe y si procede a pedir disculpas públicas como en su momento hizo su padre, el Rey. Responsable sería que renunciara a sus derechos dinásticos, cosa que debería haber hecho en el minuto uno de este “roto” que su marido ha causado a la Familia Real. No es necesario cometer delito alguno para mantener conductas y actitudes claramente impropias. El silencio ha sido la estrategia de la Infanta Cristina. Todos los abogados suelen recomendar silencio a sus clientes pero hay silencios que esconden una extremada soberbia. Ni un sólo gesto de generosidad y de responsabilidad. La Infanta Cristina parece haberse puesto el mundo por montera, manteniéndose ajena a los daños colaterales que el asunto Urdangarin está causando a la institución que encarna su padre, el Rey. Si su deseo es seguir a su marido por tierra, mar y aire, que lo cumpla. Pero cuando de una Infanta se trata su libertad es, debe ser, menos libertad cuando sus decisiones personales hacen daño a una Institución que no le pertenece. Hace mucho tiempo que debería haberse dado cuenta de todo esto y actuar de manera responsable con la Institución y generosa con su padre, que da la casualidad de que es el Rey de España. El Rey el pasado día 6 acabó enfadado consigo mismo. Fue perfectamente consciente de que la fatiga, la inseguridad de verse en público apenas seis semanas de una operación le jugó una mala pasada y aunque la oratoria y ni siquiera la lectura de los discursos ha sido su principal cualidad, él mismo fue consciente de que le salió muy mal y sólo los cuerdos son conscientes de sus fallos. Ya intuían en Zarzuela que era inmediato un nuevo auto del juez y el Rey, que no está, como algunos mantienen, senil, lo sabía.