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Infanticidio – Por Francisco Pomares

   

A estas alturas de la película, nadie duda de que el señor Urdangarin montó un tinglado basado en su muy amplio catálogo de relaciones cortesanas y cuyo principal fin era hacer negocios, negocietes y negociazos, fundamentalmente vendiéndole aire a administraciones públicas. Urdangarin es otro más en la lista interminable de aventureros y advenedizos que en la epoca de los excesos exprimieron los recursos del país por su cara bonita. Si Urdangarin no hubiera sido infante consorte (o como se diga, que uno es poco ducho en materia protocolaria), ni su patrimonio ni su negocio habrían sido probablemente tan cuestionados, porque hay mucho jeta suelto por este país que vivió opíparamente vendiendo humo. Pero Urdangarin era que lo era. Y su fortuna fue consecuencia directa de serlo. El caso de su señora es más de lo mismo, pero de otra manera. Se ha dicho que la Infanta debía saber de dónde venía tanto dinero. La verdad es que no necesariamente: suele pasarle a quienes no tienen que hacer mucho esfuerzo para ganarse la vida. Pero no es eso lo que hay que juzgar: lo que se tiene que probar es si estuvo o no en la trastienda de las operaciones o se limitó a dejar hacer a su marido, mirar para otro lado y tirar de tarjeta de empresa, como hacen tantas y tantos que jamás pisarán los juzgados por ello. Porque mirar para otro lado puede ser muchas cosas desde el punto de vista de la moralidad y la decencia, pero no es automáticamente delito. En España, no es delito ni siquiera gastarse el dinero de una empresa como si fuera de uno mismo. Excepto si se sobrepasa la cifra de 120.000 euros al año, que entonces estamos ante un delito de evasión fiscal. Si no alcanza esa cifra, se trata de una irregularidad que se resuelve con Hacienda. De lo que se trata aquí -desde el punto de vista legal- es de demostrar si la Infanta estaba detrás del entramado, o sólo al lado de su marido, y si pasó o no el límite que convierte la irregularidad en crimen. Personalmente, el juicio público de ambos asuntos me resulta necesario e incluso conveniente, pero por desgracia escasamente edificante: somos una sociedad muy hipócrita, que se escandaliza sólo cuando toca, y ahora resulta que toca. Y en algunos medios muy mundiales, toca incluso a rebato. Pero no nos confundamos: la imputación de la infanta no es un drama para la democracia española. Es un éxito. Y el resultado de esa imputación no debería afectar más que a la infanta y a su continuidad o no en la línea de sucesión de la Corona.