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José María del Nido – Por Luis Ortega

   

En Sevilla, a secas como la adjetivaba Machado el bueno, aún hay apuestas sobre la entrada en prisión de un tipo chulo y falto de gracia, con antecedentes fultras y una turbia carrera de abogado, condenado por el Supremo en uno de los negros episodios del saqueo de Marbella. Directivo del Sevilla y miembro de Fuerza Nueva gracias a su padre, defensor de golpistas; amigo y abogado del “ostentóreo” Jesús Gil, mentor de Julián Muñoz y, según la sentencia firme, cómplice de sus fechorías; echado del club hispalense, que pierde la categoría, por irregularidades. Engrosa su patrimonio con minutas infladas por trabajos sin acreditar y por negocios turbios, pendientes de juicios, vuelve al Sevilla -cuyas acciones había comprado a través de familiares y testaferros- y protagoniza, con muestras de patética vanidad, una etapa brillante al frente del club entrenado entonces por Juande Ramos. Después de presumir de impunidad, el primer varapalo de la máxima instancia judicial le hace cambiar su estrategia, se rodea de asalariados del club, obligados a la comparecencia, echa lágrimas fáciles y como toda ultra cogido en delito o renuncia, grita ¡Viva el Sevilla! (esto es, en otra circunstancia, viva España o viva Cartagena, el recurso de los innecesarios y casposos salvadores a los que nadie llama) y se permite pedir, desde ahora, con un cinismo sin medida, de indulto. Vaya por delante que, por convicción y años vividos, a ningún tipo de decencia media le agrada el mal ajeno pero, en la situación de esa ciudad andaluza, paradigma de la corrupción de un país en crisis y con justicia desigual, la sentencia tiene, en principio, un leve carácter moralizante en el territorio donde los delitos económicos, si son gordos, salen baratos y, con sangre azul, gratis. Mis conocido sevillistas, gente de bien, con profesiones dignas y animados por pasiones sanas, y necesarias como el fútbol, se frotan las manos; los béticos -que cargan su cruz con Lopera- baten palmas y un compañero de oficio, refugiado en sus aficiones, me refiere la situación del condenado, con el caso de un vago torpe y sin oficio, que patea al idioma cuando habla, jefe de recogepelotas despedido por del Nido: “¡Cómo le tendrá de negro que hasta Cristobita Soria, que limosneaba para agarrar algo en la calle del Arenal -allí están las oficinas del club- ahora osa meterse con “don José” o “querido presidente”, como lo llamaba. “¡Cómo cambian los tiempos, picha!”, me dice en un e-mail.