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Lo virtual lo real – Por Francisco Pomares

   

Me llega al móvil, a través de wuasap un mensaje solicitando que cambie la foto de mi perfil y la sustituya por un vistoso fondo amarillo para protestar contra la clase política de España, contra sus privilegios, contra la subida de precios e impuestos, para defender el derecho -si eres mujer- de decidir si abortas o no, contra la letra pequeña de los bancos y contra las preferentes. Yo habría puesto también contra la televisión basura, contra los borrachitos que orinan en Carnavales y contra mi suegra, pero entiendo que ninguna protesta puede contemplarlo todo, aunque algunas lo intenten. El que ha planteado esta recurrente forma de protestar no pide que nos pasemos al amarillo para siempre, sino que mantengamos nuestros perfiles color limón hasta el próximo domingo, para que ellos (no sé si se refiere al Parlamento, al Gobierno o a los registradores de la propiedad) se den cuenta de que somos miles los ciudadanos enfadados, y descubran que el pueblo se está uniendo y que se les ha ido la cosa de las manos. Yo pediría también que ellos se rindan y que nosotros ganemos. Porque si no, no le veo mucho la gracia a la protesta amarilla. La cosa es que tuve el reflejo de quitar la caricatura que me hizo Eduardo para mi perfil (salgo mas delgado, menos feo, y menos antipático de lo que soy) y poner el fondo chino, pero luego me dio por pensar en la virtual inutilidad (o inutilidad virtual, tanto monta) de estos formatos de protesta digital en los que lo único que ocurre es que los indignados reales o virtuales manifiestan su indignación a toque de clic. No soy un nostálgico del pasado (y ya debiera, porque tengo mucho más pasado que futuro por delante), pero a veces añoro los tiempos en los que quejarse exigía cierta incomodidad, desplazarse frente a un edificio público, llevar una pancarta, enronquecer con el megáfono y -ocasionalmente, tampoco uno ha sido un héroe de la clase obrera- correr delante de los grises. A estas alturas reconozco que aquellas protestas a la larga tampoco sirvieron para mucho ni cambiaron gran cosa: no digo que no nos ilusionaran los cambios de la Transición ni que la conquista de la Democracia haya sido un fiasco completo. Pero el mundo sigue girando en la misma dirección de siempre, los ricos son cada día más ricos, los que mandan mandan más y hoy los del común somos más incultos, más insolidarios, más maleducados y más manipulables que antes. La espuma de los años nos deja un poso pesimista, pero no es por eso ni por un tardío homenaje a mis años mozos por lo que no voy a teñir mi perfil de amarillo. No voy a hacerlo porque la única conclusión práctica de hacerlo es regalarle otro clic reconociendo mi propia inutilidad a las telecos que de verdad mangonean el mundo.