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Manuel Delgado – Por Luis Ortega

   

Fue el mayor asesino en serie de la historia española, responsable de numerosos homicidios entre 1961 y 1971, y terror de los vecinos del Puerto de Santa María donde, en un mes, cometió sus últimos crímenes. Llamado el Arropiero, porque de niño fue vendedor ambulante de arrope (jarabe obtenido de mosto y frutas) por Sevilla, Manuel Delgado Villegas (1943-1998), analfabeto y de rudo carácter, entró y, poco después, desertó de la Legión, vagabundeó por la Península y repartió sus crímenes por Llorach, Ibiza, Alcalá de Henares, Barcelona, Mataró y la localidad gaditana donde fue detenido y confesó cuarenta y ocho asesinatos, aunque solo se pudieron verificar siete: cuatro hombres y tres mujeres, de distinta posición porque si empezó por un acomodado industrial, la última fue una joven discapacitada que frecuentaba el ambiente portuario. En prisión preventiva durante siete años, rehusó contar con abogado defensor y, en 1978, la Audiencia Nacional decretó su internamiento en el centro psiquiátrico penitenciario de Carabanchel, donde murió veinte años después. Ahora los dibujos que realizó en la década de los ochenta, a modo de terapia y distracción, se exponen en una galería particular de Madrid, con notable curiosidad pública y bajo el título Ríen los dioses, copiado de un libro de cuentos de Jack London. En este audaz proyecto participan plásticos, médicos especializados en patologías mentales, funcionarios de prisiones y escritores que, además de cuajar una genuina expresión de art brut o arte marginal. Este arte psicótico tuvo escasa estimación en la vanguardia, salvo en el caso de Jean Dubuffet (1901-1985), adjetivador de esta práctica y para el que “la locura es cordura, porque la normalidad pertenece a los psicóticos”. El propósito de la iniciativa es oponer las visiones de la realidad de un perturbado, tristemente famoso, frente al concepto que el resto normalizado tiene de la misma y, además de representar los secretos y enigmas que la mente esconde en sus más recónditos rincones y de la creación, que “desde el inicio de la historia, se vinculó a la magia y la locura” y buscar nuevos sentidos a la naturaleza. La visité con un amigo, neurólogo de profesión y, si nos hubiéramos abstraído de la abundante documentación impresa y audiovisual, la trataríamos como una inocua pintura naif, con cierta pulsión torva, y no como la expresión de un peligroso y desgraciado psicópata que sembró el terror hace medio siglo y alimentó el morbo de las secciones de sucesos de la prensa diaria y las ediciones especiales del semanario El Caso, espejo puntual y descarnado de la España Negra.