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Menos palabras y más Palabra – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Puestos a pensar a lo grande, hay un drama fácil de enunciar pero de muy difícil enmienda. En este caso, aquello de que ponerle nombre a los problemas es alcanzar la mitad de la solución no se cumple.

La tragedia es de dimensiones escatológicas. Dedicando un tiempo de calidad a meditarlo y contemplarlo, nada hay más doloroso para un creyente que constatar que el gran proyecto de Dios sobre el mundo sufre violencia y, lo que es peor, es ignorado de forma voluntaria por gran parte de la humanidad. También, y es lo más frustrante, en el útero favorable de las sociedades nacidas y acunadas al calor del cristianismo. No es que yo participe de la neurosis de temer un futuro de sufrimiento eterno para quienes en apariencia pasan de Dios. Hay que dejar a Dios ser Dios y saber que sus caminos son más anchos que los que determina una ley, por muy santa que esa ley sea. Por tanto, no es eso. Lo que acongoja hasta experimentarlo como un abismo sin fondo es la convicción de que son multitud los que no tienen la suerte de entenderse a sí mismos como nacidos de los sueños de Dios y arropados por su presencia. “La Palabra vino a su casa, y los suyos no la recibieron”, dice la Escritura.

Es desconsolador desde la perspectiva de Dios, de su apuesta por cada criatura salida de sus manos. Y es triste pensando en nuestros hermanos los hombres. También hace que me pregunte por la calidad de mi fe, yo que he tenido la suerte de acoger este misterio y dejarme conducir por él. Al comenzar el año, las lecturas de nuestras misas nos ofrecen hoy esta verdad para que pensemos en ella. Habrá quien se limite a constatar la desdicha: Dios rechazado e ignorado tras fundirse con el mundo hasta el amor sin medida, que es mucho más que entregarse hasta la muerte. Yo creo que debemos embarcarnos en esta primavera de la fe dando un paso más. Quizá porque ha llegado el momento de renovar nuestra reflexión sobre las causas. Eso sí: huyendo de las frases hechas, de los diagnósticos apresurados y de los tópicos vacíos. De uno y otro color. No sé cuál es la causa, pero una parte del mundo elige vivir sin Dios. Se me ocurre que habrá que revisar el testimonio de nuestra fe: cuando la defendemos en lugar de practicarla, la fe se convierte en un arma y, ya se sabe, en la guerra todos pierden.

Y sentado en mi propio tejado, contemplo las piedras que nos han tirado y concluyo: los consagrados tenemos que revisar nuestra capacidad de acogida, de ejercer la misericordia, de revelar el rostro de Dios sincero y verdaderamente humano. Somos estandarte y quizá estemos demasiado acostumbrados a vivir como si fuéramos el camino en lugar de rotondas de paso. Habrá que hacer un repaso a con quién nos juntamos, con quiénes nos identifican, a quiénes privilegiamos, a quienes encumbramos en nuestros escalafones. Será cuestión de no dar tanta cancha entre nosotros a quienes se refugian en verdades eternas para esconder sus mentiras de cada día.

No es posible que la Palabra hecha carne pase tan desapercibida, siendo como es la salud de los hombres. Quizá sea cuestión de no robarle protagonismo con nuestras mediocres historietas. Menos palabras y más Palabra.