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Los militares y las Islas Canarias – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Con buen criterio, el Mando de Canarias ha organizado una serie de actos que se desarrollarán a lo largo del presente año, para conmemorar el 425 aniversario de la creación de la Capitanía General. Se trata de una institución sin la cual sería imposible entender una de las etapas más destacadas de la historia de estas islas en sus distintas vertientes, así políticas como sociales, económicas, culturales, jurídicas, urbanísticas, administrativas y de cualquier otra índole, tan grande ha sido, durante el periodo histórico considerado, la influencia de la milicia. La Capitanía General fue creada durante el reinado de Felipe II, en 1589, con sede en Gran Canaria, “para la defensa y seguridad de las islas”, dada la proliferación de ataques piratas y las ambiciones de algunas potencias de aquel tiempo, sobre todo Portugal. El primer titular de la Capitanía y a su vez presidente de la Audiencia fue Luis de la Cueva y Benavides y a él le otorgó el rey “jurisdicción sobre toda la gente de guerra y oficiales de cualquier condición”, poderes para “conocer de todas las causas civiles y criminales”, así como “de los pleitos y diferencias que se ofrecieren entre la gente de guerra y la de las islas”, además de la “presa de corsarios”. La sede se trasladó a Tenerife en 1661; primero radicó en La Laguna y a partir de 1734, en distintas dependencias de Santa Cruz. En 1981 la ubicación definitiva quedó fijada en el palacio que ordenó construir, bajo proyecto del ingeniero militar Tomás Clavijo, el general Valeriano Weyler en la plaza que hoy lleva su nombre.

La Capitanía General ha desempeñado distintas responsabilidades a tenor de las variables políticas que le ha tocado vivir y de sus sucesivas reorganizaciones. Hoy carece obviamente de la influencia de tiempos pasados al circunscribirse sus funciones, con la llegada de la democracia, al estricto ámbito militar. En 2006, con la reorganización del Ejército, pasó a denominarse Mando de Canarias, aunque el pueblo llano sigue hablando de Capitanía y de capitán general. También la denominación de capitán general ha sufrido modificaciones, como las de comandante general y la actual de general jefe del Mando de Canarias. La figura del capitán general ha sido durante mucho tiempo la de un personaje no sólo de mando en plaza, por decirlo en términos castrenses, sino con influencia determinante en los principales asuntos de la vida de los ciudadanos, ya que su estatus profesional, de auténtico virrey, así lo propiciaba. Debido a tanta acumulación de poder en su persona, durante los primeros tiempos se produjeron numerosos incidentes y roces con la población civil y con las instituciones (cabildos y ayuntamientos principalmente) debido a no pocos abusos en materia de impuestos, cuestiones de protocolo, disposiciones de levas, enchufismos, problemas con la tropa, etc.; hasta el punto que algunos capitanes generales fueron relevados o destituidos y trasladados a la Península tras constatarse la veracidad de varias denuncias. Pero más allá de verdades incuestionables, dogmatismos radicales y anecdotarios de ocasión, los militares han jugado en Canarias un papel protagonístico de máximo nivel que en buena medida ha venido determinado -al menos durante un largo periodo histórico- por el aislamiento y la lejanía del Archipiélago de los centros políticos de decisión, así como por los condicionantes que tales realidades llevaban consigo a la hora de asegurar la paz, la independencia y la estabilidad social y económica.

La etapa del Mando Económico
Bajo estas premisas, parece lógico que las Fuerzas Armadas traten de hacer llegar a la sociedad -mediante exposiciones, conferencias, conciertos, publicaciones y actos castrenses en todas las islas- el fruto de su trabajo durante estos 425 años de vida de la Capitanía General. Como en toda obra humana, la milicia tiene también sus zonas oscuras, fruto de tiempos y circunstancias felizmente superadas; pero nada puede empañar la enorme tarea llevada a cabo por las Fuerzas Armadas no sólo en el estricto campo de la defensa nacional -que también incumbe a la sociedad civil-, sino en otros muchos, sobre todo el educativo y el de infraestructuras, con barriadas obreras, centros educativos, abastecimientos de agua y energía eléctrica, balsas, etc. Entre las obras más emblemáticas del Ejército en Canarias figuran los hoteles Mencey y Santa Catalina, las barriadas de Schamann, La Isleta, Somosierra y García-Escámez, el puente Serrador, el mercado Nuestra Señora de África, la iglesia de San José, el muelle de San Andrés, además de la traída de aguas a la capital y la construcción del primer muelle portuario de Santa Cruz. Miles y miles de soldados fueron alfabetizados en los cuarteles, aprendieron un oficio y hasta pudieron obtener el carné de conducir tras los duros tiempos de la guerra civil. En medio de atrasos seculares, aislamientos y graves dificultades económicas, el Ejército se convirtió en un aula gigantesca. Fueron años tan difíciles, y de tanta pobreza, que el Gobierno se vio obligado a crear, por decreto de 5 de agosto de 1941, el llamado Mando Económico de Canarias, que dejaba en manos del capitán general, Ricardo Serrador -quien fallecería en Santa Cruz de Tenerife en enero de 1943-, los instrumentos necesarios para organizar y dirigir la vida económica isleña. Esta situación se prolongaría hasta el 7 de febrero de 1946, ya bajo la dirección del capitán general García-Escámez, que fue un gran administrador, murió pobre de solemnidad -hasta tal punto que su familia no pudo pagar su entierro-, y se convirtió en una figura excepcional, muy querida y respetada por los ciudadanos. La segunda guerra mundial había acabado con el comercio canario y las dificultades para importar productos de la Península y el extranjero eran enormes, por los peligros que corrían los barcos en sus desplazamientos atlánticos, donde operaban buques de guerra y submarinos de las potencias enfrentadas. Para las islas era vital autoabastecerse y tratar de superar las graves dificultades que provocaba la falta de alimentos para sus 650.000 habitantes, a la que había que añadir los constantes temores sobre una eventual invasión por parte alemana o inglesa.

Con una política basada en la autarquía, a duras penas se pudo contener la hambruna y el paro existentes y, como ocurre en casos similares, el racionamiento, el mercado negro, el cambullón y el estraperlo proliferaron inevitablemente ante tantas carencias. Pero con un presupuesto de apenas cien millones de pesetas de aquel tiempo, el Mando Económico pudo garantizar el mejor abastecimiento posible de la ciudadanía y al tiempo proteger al sector agrícola, crear el consorcio de almacenistas y garantizar el correcto funcionamiento de las industrias tabaquera y pesquera, además de poner en marcha un fondo para obras sociales mediante algunos arbitrios e impuestos. La huella de la milicia es también muy notable en otros campos de la sociedad y la política. Es, sobre todos, el caso del general Franco, que llegó aquí destinado como comandante general de Canarias en marzo de 1936 e inició desde las islas el golpe militar que le llevaría a la Jefatura del Estado, en la que permaneció durante casi 40 años. Son incontables los militares que destacaron al frente de instituciones civiles como el Museo Canario, el Casino de Tenerife, el Real Club Náutico y el Círculo de Amistad. O como escritores, que es el caso de Nicolás Estébanez, y pintores, entre ellos a Antonio González Suárez, Francisco Bonnín, Jorge Hodgson y Esteban Arriaga.

Parece lógico que con tanto recorrido, la milicia desee mostrar a los ciudadanos algunos aspectos de su dedicación y esfuerzo en defensa de los intereses del país en colaboración, cuando es necesario, con la masa ciudadanía. Es el caso de la derrota del almirante Nelson en 1797, merced a la habilidad y determinación del entonces comandante general, el mariscal Antonio Gutiérrez, y la entusiasta y valiente colaboración de las milicias populares. Una gesta que se puede recordar en el Museo Militar de Almeida, que junto con la biblioteca y el archivo regional constituyen también uno de los grandes activos del Mando de Canarias.