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la punta del viento > Agustín M. González

Nueve años – Por Agustín M. González

   

Me ha costado escribir este artículo. Exactamente, nueve años; desde que se fue mi hermano. Se lo debía. Nini -como le llamaban sus sobrinos- nació en una familia normal y corriente de un lugar normal y corriente. Pero él no lo era, aunque no lo sabía. Nadie sabía que era un ser diferente. Creció feliz en un hogar feliz, con un montón de amigos alrededor, con muchas inquietudes y sueños por cumplir. Pronto destacó en el deporte, pero su inmenso talento creativo desencadenó la gran vocación que terminó siendo su profesión: el arte, el diseño. Con el paso de los años creció, creció por fuera, pero aun más lo hizo por dentro. Desarrolló una inteligencia y una sensibilidad fuera de lo común. Su curiosidad por conocer y experimentar se disparó, como su imaginación portentosa. Su inconformismo, su afán de perfeccionismo también se multiplicaron, hasta convertirse en obsesión.

Perseguía en vano sus ideales idílicos y se rebelaba contra un mundo que veía injusto y cruel. Todo eso le arrastró a la melancolía, a una tristeza profunda. Fue entonces cuando se dio cuenta de que este no era su lugar. Su universo era otro. Enfermó del alma, en silencio y a escondidas, porque no quería que nadie sufriera con su sufrimiento inevitable. No fue un capricho que se tatuara un ala gigante en su espalda. Una sola; decía que la otra aun no se la había ganado. Acorralado en su desesperación interior, buscó la única forma de escape que vio en el túnel oscuro que lo envolvía cada vez más. Necesitaba echar a volar, acabar de una vez la agonía que no le dejaba dormir. Eligió la noche de Reyes para encontrarse cara a cara con su destino. Se acercó al filo del precipicio y le gritó al viento que lo llevara con él. No esperó una respuesta: saltó al vacío ciego de tanto llorar. Mientras caía, las lágrimas bañaron su espalda desnuda y de ella, al instante, brotaron dos alas hermosas que llevaron su cuerpo volando como un pájaro gigante. Y voló y voló en dirección hacia el azul infinito… Desde ese momento mágico y terrible dejó de ser un hombre para ser lo que tenía que ser: un ángel perdido. Nació en su nueva vida. Nini dejó de sufrir para siempre. Recuperó la paz y su sonrisa de niño bueno. Desde hace justo nueve años es el ángel guardián que, todos los días y a todas horas, cuida y acompaña a su madre, y a todos los que le queremos y que nunca le olvidaremos.