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Paulino en la Zarzuela – Por Francisco Pomares

   

El presidente del Gobierno de Canarias se reunirá hoy con el Rey, en un encuentro que -evidentemente- tiene más carácter protocolario que práctico. El Rey no gobierna este país, pero el peso tutelar de la monarquía, a pesar de estos últimos años de sucesión de escándalos económicos familiares, complicaciones médicas y chapuzas en materia de comunicación, sigue teniendo una enorme importancia simbólica. Para Rivero, el encuentro con el monarca, que fue quien apretó la entrevista de Rivero con Rajoy, es el punto y aparte de una osada operación, cuyo fin era la ruptura del aislamiento político e institucional soportado por su Gobierno en estos dos años de conflictos personales entre Soria y Rivero, trasladados a la esfera de las relaciones entre Madrid y Canarias. Rivero empezó su segunda legislatura amagando con un desafío al Estado, al afirmar que Canarias podría convertirse en un problema para España. Lo cierto es que Rivero no disponía de las cartas para tal envite, porque la ciudadanía de las islas, más allá de la iluminación talibán y cotidiana de algún propagandista con la azotea nublada, no está por plantarse ante Madrid, sino por reforzar el statu quo y seguir pasando la bandeja. Para Rivero debió resultar muy duro descubrir que una cosa es levantar la bandera, y otra muy distinta que te sigan las masas. Las encuestas le recordaron -además- que la gente exige de sus políticos capacidad para el entendimiento, no para el conflicto. Por eso, sin abandonar del todo el discurso del maltrato, pero presentándose ahora ante el Estado como el político que pretende evitar la desafección canaria a la metrópoli, Rivero ha dado un sorprendente giro copernicano. La importancia simbólica de la audiencia con el Rey es una pieza más de un juego por mantenerse en el poder -que es lo que realmente ocupa las preocupaciones de Rivero- que ahora se presenta mucho más sutil y cuidadoso. Esta nueva estrategia de acercamiento al Estado, aplaudida por la mayor parte de los suyos con críticas a la tardanza en adoptarla, y cuestionada exclusivamente por el grupo del concejal Hilario Rodríguez, probablemente dará más y mejores frutos que la guerra abierta con Madrid. Porque para ir a la guerra hay que tener un ejército motivado, pertrechado y dispuesto. Rivero sabe que su antiguo ejército de asesores, paniaguados y tiralevitas no está hoy para mucho trote. Y ha ido menguando, como él mismo pudo observar en la reunión de la Ejecutiva de Coalición el pasado sábado, que acabó en rifirrafe con el ex presidente Hermoso.