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Pornografía – Por Domingo-Luis Hernández

   

Una revista digital reprodujo el reportaje en el que situaba el asunto. Sorpresa, dada la enjundia de la noticia: la penetración en el mundo árabe de la pornografía. Tanto que el negocio tiene un semillero fecundo, provechoso e inesperado allí. Pakistán y Afganistán son los hitos más eminentes, dado las cantidades de consumo. Y en los países más poderosos, los imanes proclaman una y otra vez el peligro del pecado que acecha sin remisión. Luego, las secuelas fundamentalistas frente a esta historia, que siempre ha tenido tintes capitalistas e infieles, como el islam sostiene. Pero es, por la adquisición de papel, las descargas de Internet o la visita a páginas eróticas en la red.

Asombroso, parecerá; tanto por eso como por la noticia que se lee ahí: la gran cantidad de pornografía que Bin Laden guardaba en la gruta de su refugio clandestino.

¿Qué encierra esa información?

Los humanos de esta zona del mundo fingimos sorpresa cuando nos enteramos de la entrada a esas páginas desde los ordenadores de organismos oficiales; también que los organismos oficiales en cuestión restrinjan el uso a según qué servidores de internet; o que más de un preclaro funcionario fuera penado a no poder conectarse al espacio virtual por ese vicio privado.

Habríamos de proclamar para esos casos el grito hippie de los años 70: más amor y menos guerra. Al menos así ha leído siempre Occidente semejantes pormenores. El asunto, pues, es el sexo; en este caso, no la práctica del sexo sino el sexo visual, una de los ingresos más eminentes de lo erótico desde que el hombre de este mundo aprendió a dibujar.
Pero, ¿qué encierra lo visto en relación al mundo árabe?

Sabemos, por un lado, cómo están articuladas esas sociedades. Si el fundamentalismo religioso visto los mueve (o los condena, desde la posición occidental), la denuncia de tales prácticas parecería que subraya un demérito extendido de la consigna ancestral y básica. Pero quien ha sido preguntado por tal rigor, lo niega: mirar esas estampas o esas películas no es hacer sexo, y en la trama misma de los fundamentalismos solo es pecado la acción. Luego, que Bin Laden fuera consumidor de pornografía no contradice su credo.

La segunda cuestión a dilucidar es la otra marca de esas sociedades: el machismo. Los hombres hacen tapar a las mujeres, hacen que el cuerpo femenino ni siquiera se intuya. Detrás de tal gesto impúdico se encuentra una de las aberraciones de esta historia: la propiedad, cuerpo propiedad. De donde, que los occidentales hayamos dado pábulo a lo erótico arábigo por lo difuso de los cuerpos desde el Decamerón es una seña. Que cumple con otro ajuste ahí: macho y proyección del macho ante los cuerpos a ocupar. Eso proclama Bin Laden o el taxista que contestó a la encuesta del reportero aludido.

De lo dicho sale, entonces, la salvajada que proclaman las sociedades primitivas y retrógradas sobre el sexo (el judaísmo, el catolicismo, el islam). Eso no ocurre en oriente o en civilizaciones que hemos dejado atrás (como la maya o la azteca) en las que el sexo forma parte sustancial de la vida, incluso para enseñar a amar (Kamasutra). Si mirar forma parte de la libertad, la mirada aviesa no. Eso persigue el islam, eso las castas rancias que nos sentencian.