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Prevenir – Por Leopoldo Fernández

   

Dos averías en menos de dos meses, localizadas en uno de los dos aviones Airbus modelo A-310 que suelen utilizar la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno para viajes de larga distancia -otros cinco están también dispuestos para desplazamientos interiores y de radio de acción intermedio-, revelan que algo está fallando en el mantenimiento de estas aeronaves, cuya custodia corre a cargo del Ministerio de Defensa. No se trata de una cuestión baladí; ambos aparatos deben estar siempre a punto, ya que si bien los viajes oficiales de las altas autoridades del Estado suelen planificarse con la debida antelación, en otros casos la utilización urgente de los Airbus ha venido determinada por circunstancias sobrevenidas. No parece normal que un país desarrollado, que pretende proyectar una imagen de modernidad y atracción generalizadas, hipoteque o deje en mal lugar su buen nombre por un mantenimiento inadecuado de las aeronaves oficiales o porque éstas se hallan al límite de su vida útil, si no la han superado ya. Conviene recordar a estos efectos que los dos Airbus antes citados fueron adquiridos en su día en el mercado de segunda mano. Bien está que se trate de ahorrar y evitar despilfarros para no caer en el estilo ostentoso de algunos mandatarios que, como los desaparecidos Chávez y Gadafi, convirtieron los aviones presidenciales en dependencias cargadas de lujo y hasta de griferías de oro. Siempre será preferible la moderación e incluso la austeridad, pero sin descuidar a estos efectos dos aspectos que me parecen esenciales: la seguridad que proporciona un avión nuevo a tono con las necesidades de la Casa Real y de las autoridades más representativas del país y la propia dignidad e imagen de la alta representación española, que debe quedar bien patente en estos viajes con rango de Estado. La anulación, en noviembre pasado, del viaje del Príncipe de Asturias a Brasil, donde España tiene grandes intereses económicos, por avería de uno de los aviones y falta de mantenimiento del otro, ya destapó no pocas susceptibilidades, ahora acrecentadas por el problema surgido en pleno vuelo con un sensor de la aeronave -la misma del anterior percance- que trasladaba a don Felipe a tierras hondureñas para asistir a la toma de posesión del nuevo presidente, Juan Orlando Hernández. Por fortuna, el incidente ocurrió sobre territorio dominicano, en cuya capital el aparato había realizado una escala técnica, y en poco tiempo pudo ser subsanada por personal cualificado. Siempre quedará la duda de lo que podría haber ocurrido de producirse el problema a mitad de trayecto, sobre el Atlántico. Por eso vale más, como dice el refrán, prevenir que curar, sobre todo tras las experiencias pasadas.