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Primarias abiertas – Por Salvador García Llanos

   

Quienes estaban asidos al mantra de las elecciones primarias abiertas en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) para escoger candidato a la presidencia del Gobierno en las legislativas de 2015 -si no hay un anticipo, que todo puede suceder- ya pueden ir aplicándose en dimensionar adecuadamente la medida desde todos los puntos de vista. Primero, la Conferencia Política; y después, el Comité Federal del pasado sábado ya han prefigurado los trazos de una iniciativa que vuelve a situar a los socialistas por delante en el escenario político nacional, en un intento de respuesta a la demanda de la ciudadanía -y de buena parte de la militancia- de acabar con viejos convencionalismos y de producir un salto que favorezca la recuperación el interés por la política. Hay precedentes en la historia de la organización con resultados desiguales. Elecciones internas las llamaron. Ahora, con una reglamentación diáfana que facilite la participación y el desarrollo del proceso, hay que perfeccionarlos porque el paso es determinante, más allá de la disponibilidad fortalecida de un candidato para unos comicios. El PSOE es consciente de que no corren buenos tiempos para la lírica, por lo que el discurso de la regeneración y la renovación hay que empezar a llevarlo a la práctica para volver a ser un espejo de la sociedad en el que se miraban con cierto orgullo sus votantes en tanto que los de otras opciones también reconocían valores de organización, disciplina y desenvolvimiento democrático. Con sus vicios y excepciones, que también los ha habido. La obra es mayor que unas primarias abiertas, paso que ha de servir para que en el ámbito interno haya un funcionamiento menos rígido y menos ‘aparatista’. Es un buen punto de partida para que la extendida desafección hacia la política se transforme en el interés más o menos crítico que debe tener todo ciudadano por las medidas que se adopten desde cualquier escalón del poder político. Por historia, por bagaje y por experiencia, sin aventurerismos extraños y sin pugnas intestinas residenciadas en medios tan mal asimiladas por la población, corresponde esa tarea a los socialistas. El carácter abierto del proceso confiere mayores garantías y hasta mayor legitimidad. Los avales para ser candidato, un 5% de la militancia, son lo suficientemente bajos como para que la aspiración no se vea condicionada por exigencias numéricas. La participación de los no afiliados queda supeditada a la inscripción previa en un censo, al abono de dos euros y al compromiso de asumir el ideario del partido. Es lo menos que se puede pedir con tal de sortear tentaciones de duplicidad y de picarescas que, consumadas, serán interpretadas como una proclividad a las componendas y a la desnaturalización. Y no está el panorama como para entretenerse demasiado en desaguisados. Mucho menos después de que el partido gubernamental, aún en horas bajas, ya ande exhibiendo su poderío de triunfalismo y autocomplacencia; y después de que las consultas demoscópicas apunten una recuperación en intención de voto y en la valoración de dirigentes. El arranque se ha producido y todo da a entender que el trayecto es imparable. Pero de aquí a conseguir la velocidad de crucero aún tiene mucho que recorrer el socialismo.