X
por qué no me callo > Carmelo Rivero

Los Reyes de Arroz – Por Carmelo Rivero

   

La figura de Manolo el Arroz estaba íntimamente ligada a la avenida de Anaga, donde quedaron sobreimpresos sus pasos perdidos en más de medio siglo gallofeando ida y vuelta; una estela de andanzas de personaje feérico, obsesionado con que toda la semana era viernes, su perpetuo día de Reyes. Manolo el Arroz se llamaba Antonio Cubas Díaz, pero su esquela no nos diría nada sin su apodo popular, que lleva implícita una geografía urbana y nos remite a la saga de ejemplares callejeros, como Nacho el Gofio, que aparcaba sus perros en batería y un día se proclamó heredero de una fortuna; el poeta sicalíptico Venanceo, que piropeaba a las chicas con la voz aguardentosa, “besaría tus pies si estuvieran limpios”, y vendía versos por la voluntad; Guarapo, que se encaramaba a las palmeras para coger dátiles; Pedrín, que era microcéfalo; Chachán, el legionario, que vestía leotardos negros y dormía en cartones por fuera de Cortefiel; Cambray y el Cucurucho, que dirigían el tráfico, o Heidi, que paseaba con coloretes por la calle de San José. Manolo el Arroz pedía indefectiblemente su óbolo dando por sentado que era viernes de regalo y tal noticia merecía un euro. Qué cosas le pasaban por la mente de duende silencioso resulta un misterio, porque, en su evidente retraso, era de poca conversación. Juan el del Arkaba, que se fue antes, habló con él durante años, que siempre iba camino de el Capricho, mimetizado con el paisaje, a refugiarse entre los borrachitos del bar en ese vértice de la avenida con La Marina, cuando era un templo histórico de la dipsomanía marinera de la ciudad. A las burlas infantiles por su aspecto élfico de orejas desabrochadas respondía con indiferencia hasta que alguien lo llamaba Arroz y perdía los estribos. Lo recuerdo, de niño, en la parada de guaguas de San Andrés (en la misma encrucijada) con un cubo de agua entre las manos contra el escarnio. Cuando la apatía de los años le mermó el orgullo, alguien lo llamó por el nombrete un día y él solo se enojó pasivamente; el bromista le dio su canon y Manolo lo aceptó diciéndole: “No me llames así”. Se había hecho viejo sin darse cuenta como un trasgo marginal de Santa Cruz. Y tuvo una etapa de amores sin recato, que dio pie a la leyenda de los atributos de Arroz.