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Sobreprecios y cuentitos en Panamá – Por Rafael Torres

   

Se ve que los sobreprecios en la obra pública no funcionan por esos mundos como aquí: lo de pedir más dinero del pactado a mitad de faena, con la amenaza de pararla si no se satisface la petición, es considerado en muchos países, en Panamá sin ir más lejos, un “cuentito”.

Y un cuentito, ya sea un inédito del mismísimo Anderssen o una joya inencontrable de la editorial Calleja, no vale 1.200 millones de euros, que es lo que Sacyr pide por el suyo a los panameños para terminarles el remozo del Canal.

Según parece, el grupo de empresas liderado por Sacyr que se hizo con dichas obras en dura pugna, y con la CIA de por medio, con la competencia, utilizó el famoso truco del almendruco en su versión licitadora española: habría ofrecido el proyecto por la mitad de lo que se sabía que iba a costar, confiado en que cuando se acabara la manteca, le darían más, tanta como pidiera.

O dicho de otro modo: los 1.200 millones que solicita ahora para concluir las obras del Canal son, euro arriba, euro abajo, los que presupuestó de menos para hacer irresistible su oferta.

Lamentablemente para Sacyr, a los panameños les suenan a cuento chino las explicaciones de la empresa para justificar el desmesurado sobreprecio, y el presidente de la república centroamericana ha dicho que viajará a España si hace falta para pedir al Gobierno de Rajoy que exija a la empresa española que cumpla su palabra y las condiciones del contrato. Ahora bien; no sé si Rajoy entendería, si llega el caso, qué significa eso de cumplir.

El cuentito, y seguramente las “donaciones” previas, los sobres, las comisiones y toda esa podre, han sido consustanciales a la concesión de obra pública en España: en cualquier cosa, incluidas las carísimas chuminadas inútiles que esmaltan nuestro mapa, el sobreprecio estaba ahí y aparecía tarde o temprano.

Lo pagábamos nosotros, claro, y si un velódromo que no hacía ninguna falta se presupuestaba en 500, pues terminaba costando 1.000 y aquí no había pasado nada. Sin embargo, los panameños no son nosotros y no parecen fascinarse tanto con los cuentitos siniestros, y mucho menos resignarse a ellos.