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Absurdo cotidiano – Por Indra Kishinchand López

   

Me dieron el mejor de los placebos. El mundo moderno encontró la manera de apartarle de todo lo que había querido ser. Envuelto en la vorágine de lo cotidiano olvidaba sus pasiones y sus miedos; solo al llegar la noche, al vaciar la botella de ron, recordaba que todo aquello le pertenecía de un modo artificial.

Sentía el mundo sobre sus valores. Le aplastaba hasta ahogarle, se convertía en la barrera entre sus calles y la ciudad de sus ojos. Había transformado todo indicio en un absoluto; creía que ella volvería para despertarle. “Estás en el mundo equivocado, este no es tu lugar”, oía entre sueños. Pero al día siguiente su vida continuaba como cada día, como cada semana, cada mes, cada año… Seguía comprando cosas que pensaba necesitar para vivir una vida que le correspondía solo a ratos.

Su afán de independencia había evolucionado hasta convertirse en un absurdo teatro; él, que siempre presumía de desequilibrios controlados y solitarios, ansiaba, ahora más que nunca, y más que nadie, acabar con su soledad.
Fue así, envuelto en la vorágine de lo cotidiano, cuando comprendió que debía escapar para entender o entender para escapar. Solo entonces quiso creer; pero el mundo mintió unos días durante muchos días, y el creyó y cayó. Creyó que había salida y cayó, como sin querer, en un espiral del tiempo.