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Aburridos de Dios – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Se equivocan quienes piensan que el gran objetivo de la Iglesia es que su moral sexual o su forma de vivir el momento conquisten el mundo, o que se acreciente su influencia en la sociedad. Y ya no digo nada de los que se autoperciben como la avanzadilla por entregar su vida a la causa de que tal o cual sensibilidad religiosa triunfe sobre las restantes. Conozco creyentes de uno y otro signo: de esos que viven su fe como una yihad, disparando con el crucifijo y con sus obsesiones; y también de los que anteponen los ritmos y colores de sus grupos a la común peregrinación de la Iglesia.
He de decir que entiendo perfectamente cómo se cae en esa fosa que anida en los recovecos del camino. Siempre es más fácil marcarse un objetivo que se puede tocar, una meta al alcance de la mano, que sondear las profundidades de la fe y dejarse envolver por la presencia de Dios, que es el único antídoto contra el desaliento, contra la tentación de descansar en la mediocridad en lugar de aspirar a lo verdaderamente importante.

No es espiritualismo egoísta lo que defiendo. Creo, más bien, que es a lo que apunta el evangelio de hoy. Cuando se nos dice “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”, se nos propone vivir desde dentro, buscar la seguridad que nos estructura como personas en la cercanía de Dios, convertirlo en la columna que sostiene nuestros desvelos.
Pero es más fácil sentirse realizado como cristiano atendiendo a los privilegios que conquistamos, al presunto éxito de nuestras convocatorias, al progreso y crecimiento de nuestros retablos… Más sencillo, y más ambiguo. Afirmo desde hace años que hay quien se dedica a la Iglesia porque se ha aburrido de Dios, y en ello está el peligro: en descansar la vida en semejantes conquistas de cristal.

Nadie está exento de vivir desde fuera, en lugar de hacerlo desde el interior. Nadie: ni laicos presenciales, ni laicos comprometidos ni consagrados de toda especie y responsabilidad. Dios es una aventura, y quien no se expone a diario a buscar su rostro desanda el camino recorrido, olvida las ternuras que le han enamorado, confunde el momento con la meta, las muletas con el andar.

Vivir desde dentro es lo que propone hoy el evangelio, a sabiendas de que volar alto exige liberarse y aprender a amar el silencio habitado en el que Dios se muestra. No para desentenderse del mundo, sino para tener algo realmente novedoso que ofrecerle.

Una llamada a la autenticidad es lo que hoy se nos hace. No. Es más que eso. Auténticos podemos ser aún viviendo en la superficie. El verdadero reto es dejar a Dios ser Dios y no sucumbir a los incentivos del camino convirtiéndolos en parada y fonda. El desafío verdadero es amar con intensidad este mundo hermoso y terrible por haber experimentado el amor de Dios.

Quien recorre ese camino no convierte a la comunidad en su coto privado donde cazar autoestima, ni desvirtúa la celebración de la fe trocándola en arqueología religiosa. Sabiduría es como llama Pablo a esta forma de vivir, de la que estamos tan necesitados en la Iglesia.

@karmelojph