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El alma a los pies – Por Claudio Andrada Félix

   

Le dijeron que tenían derecho pero que no había recursos y el alma se les fue a los pies. Y entonces recordaron cómo empezó todo. Primero, reunir los informes, con las consiguientes colas y madrugones para presentar las solicitudes; más tarde (pero mucho más tarde), y como era preceptivo, recibieron la visita de la trabajadora social en su casa para ver, según dijo nada más entrar, las condiciones en las que vivía el muchacho. “Pues vive -dijo inmediatamente la madre- con las posibilidades que tenemos, ni más ni menos”. Tras una veintena de preguntas más, cuando había marcado las aspas en aquel formulario de dos hojas tipo test, se levantó del sillón y les dijo aquello de “bueno, pues ya los avisarán”. Y allí se quedaron padre y madre mirándose y con la esperanza brillando en sus ojos. Pero pasaron los meses, y los años, y nada. Ni una llamada, ni una carta alentadora. Sólo el terrible silencio administrativo. Es curioso lo que supone el paso del tiempo para el poderoso y para el frágil. Para el primero, puede significar que una maldad quede sin castigo; para los de siempre, un abandono sin paliativos, un olvido que desgarra la vida de la familia al completo. Y sobre todo para ellos, que viven en el sur de la isla y que cada gestión en Santa Cruz les lleva el día entero y un gasto extraordinario que ya no pueden permitirse con 426 euros al mes. “Pero si hay que ir, se va”, le dijo la madre al padre del joven. Y llegaron tempranito a la capital, le compraron un jugo y se sentaron a esperar. “¡Pepito Jiménez!”, dijo una mujer tras el mostrador con un carácter que presagiaba que no tenía su mejor día. La respuesta que les dio, seca y contundente, fue “sí, pero no”. Y el alma se les fue a los pies. Y se miraron y la esperanza había desaparecido de sus ojos. Ahora los pueden reconocer batallando a diario en las calles, unos vestidos de naranja, otros de verde, otros de amarillo, otros de blanco,… son los batallones de una guerra que no debe acabar nunca: la defensa de los derechos que hemos conquistado y que a diario nos arrebatan. Los padres del muchacho siguen teniendo el alma en los pies, pero tienen algo que jamás tendrán los que viven bien y miran para otro lado: la obligatoria esperanza de los que sufren y la imperiosa necesidad de merecerse un mundo mejor por el que bregan a diario.