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Antonio (Mae) Castro – Por Luis Ortega

   

Su estampa me fue familiar desde que, a la hora de cambiar de municipio y elegir sitio de residencia, opté por el Toscal que parecía, olía y sabía como un barrio. Así, en las andanzas juveniles de La Tarde, en Suárez Guerra, y de la televisión única en La Marina, en los tiempos más recientes con la casa de mis padres en Emilio Calzadilla, anteayer y casi ayer, desde Numancia, esquina con Callao de Lima. Antonio Castro Álvarez (Puerto de la Cruz, 1928-Santa Cruz de Tenerife, 2014), grueso y canoso, pantalón gris y blanca guayabera, con aire despistado -aunque no perdía comba de nada- de marcha y habla calmosas, entró con su franqueza y reconocida bonhomía en mis escenarios y trajines cotidianos. Todavía hoy, con los ecos de su despedida en los medios, espero encontrarlo en cualquier calle, en cualquier esquina, en cualquier momento y, según la prisa, concretar el saludo o entablar conversación. La eternidad en la que más creo, y más necesito, está en la memoria y adquiere tintes imborrables cuando, nacida en la niñez y crecida con el sujeto, toca a personas singulares, seres libres y agentes eficaces de la libertad de todos los demás. Por esa regla, niños de primaria y enseñanza media, profesionales activos e, incluso, jubilados nostálgicos, prolongarán el perfil de un enseñante singular, promotor de una audaz iniciativa que, en 1964, trajo a las Islas el espíritu y el estilo de María Montessori y que, medio siglo después, sigue fiel a esas bases pedagógicas. Mae, el Mae, abreviatura coloquial de maestro para varias generaciones de isleños, abrió el colegio en su propio domicilio y, luego, en sucesivas y laboriosas ampliaciones, extendió el espacio escolar y la matrícula por encima de los dos centenares de alumnos actuales; ellos y los que les antecedieron no olvidarán su sabiduría y su talante, sus convicciones en la alternativa de una educación laica y autónoma, su pachorra como instrumento didáctico y útil de convivencia. También sus conciudadanos de la capital tinerfeña y, de modo especial, los toscaleros -un sentimiento vivo en una población que se despersonaliza a pasos agigantados- evocarán su insobornable energía y firme compromiso para defender los intereses generales y los derechos civiles, la justicia social y la igualdad de oportunidades en la dictadura y en la democracia. Y lo sentirán cerca en cualquier instante, serio o con la ocasional sonrisa socarrona, Mae siempre.