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Arik Einstein – Por Luis Ortega

   

Nadie que quiera llevarse una idea completa y cabal de Israel podía regresar sin una prueba, una huella, una fotografía, un póster, un recuerdo sonoro o fílmico, una evidencia del conocimiento de un creador tocado por el rayo del genio; de un ser humano inteligente, cordial, generoso y tímido, un profesional honesto y responsable y un ciudadano sin el que sería imposible entender las muchas y contrastadas realidades que conforman este estado diverso, voluntarioso, paradójico. Sólo unas horas después de anunciar su próximo debut como columnista semanal de un prestigioso diario de Tel Aviv, un aneurisma acabó con el legendario Arik Einstein (1939-2013), el brillante nexo de unión entre la música tradicional y el rock, un cantante de hermosa voz y excelentes dotes interpretativas que saltaba de la tradición a la pujante actualidad con la elegancia de los grandes; conformó el mítico trío Hachalonot hagvoim, con Josie Katz y Shmulik Kraus, y colaboró con el vocalista Shalom Hanoch en trabajos que son los pilares de la modernidad iraelí. Legendario contra su voluntad, fue el puente entre generaciones que, ajeno al divismo y la competencia, apadrinó a los mayores talentos aparecidos en las últimas décadas; con sus brillantes temas románticos y satíricos, llenó teatros y estadios y pasó por el cine con la naturalidad con la que llevó su vida de “un hombre normal que trabaja en lo que sabe y puede”. Su funeral reunió a una ingente multitud que, entre canciones y un silencio impresionante durante el oficio hebraico, renovó su reconocimiento y afecto a un artista que, apartado de las tablas desde los años ochenta, mantuvo intacta su inmensa popularidad, gracias a la continua difusión de sus temas (editó más de cuarenta álbumes) y la proyección de sus películas y programas de televisión. Fue un patriota reconocido, al margen de las corrientes y disputas partidarias, y un ciudadano influyente que, pese a su aparente retiro, estuvo siempre en su lugar, aplaudió aciertos y criticó excesos. Su “aversión a la grandiosidad y a la pomposidad”, su seriedad profesional y su ayuda franca y decidida a sus colegas, así como “su modesta manera de pertenecer a esta nación, a esta cultura, a este compromiso”, le convirtieron en uno de los intelectuales con mayor predicamento moral de un territorio que, además de defender a toda costa su existencia, tiene que hacer ejercicios continuos para la paz y, para ese cometido, el arte, en todas sus manifestaciones, es un instrumento único. Arik lo contó y cantó en Ani ve Ata (Tú y yo cambiaremos el mundo).