X
el revés y el derecho>

Arturo en la plaza – Juan Cruz

   

Y ya que hablamos de poetas y de La Laguna, querido Juan Manuel, ya sabrás que el día 21 próximo los vecinos de La Laguna, tu ciudad, le dedican a Arturo Maccanti una placa en la Plaza de la Concepción, al lado de donde vive, en el sitio de Aguere (su querida Guerea) donde durante años ha cultivado sus diversos dones: el de la amistad, el de los versos, el de la convivencia silenciosa en medio de los ruidos de la época, el de la ternura cuando es preciso, el de la risa (atenuada, sin duda, por la melancolía) cuando el tiempo lo propicia. Conozco a Arturo desde hace siglos, o días, pues los días a veces tienen la intensidad larga de los siglos. Admiré siempre en él esa capacidad para hacer cuerpo la palabra. Durante una época que fue muy dolorosa para mi (y para él) algunos desaprensivos aprovecharon una circunstancia de la que me culparon para encizañar esa relación, y durante un tiempo construyeron, con insidia, un muro de difícil acceso, como una pared llena de vidrios, como las que construían los ricos del Puerto de la Cruz para que los chicos no nos subiéramos a mirar qué había dentro de las huertas. Si un día tuviera que escribir los tres o cuatro momentos más intransitables de mi vida en la tierra, ese tiempo tiene ese carácter de herida borrosa. Un día, en Perú, adonde me llevé ese extravío sentimental de mi distancia con Arturo, compré un libro de César Vallejo que, como su Pavese, es uno de sus césares, y se lo envié. De pronto un día ya no había pasado nada, y muchas veces me alegra que se acuerde de mi y me llame como aquel que siempre fui para él, el hijo de doña Juana, a la que él conoció en mi casa del Puerto. Hoy me emociona sumarme a ese concilio de la amistad lagunera en torno a su gran poeta, a su eminente vecino, y lo hago con el gusto con el que muchas veces compartimos queso y vino cuando nuestros caminos se encontraban detrás de la puerta verde de su hermosa casa de Tacoronte.