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Carlos Jorge – Por Luis Ortega

   

Entre las funciones y atributos de la pintura figurativa está la revisión y transformación de la realidad y, después de pasar por los ciclos dogmáticos de los ismos y de una intensa experimentación en solitario Carlos Octavio Jorge González, se ha ganado el derecho de proponer convicción y autonomía sus creaciones que, por la razón que prolífico Lope de Vega bautizó “como la poesía de los ojos”, brindan tantas lecturas como espectadores las contemplen. En esta ocasión, el Parlamento de Canarias acoge una selección de temas que se inscriben entre los afectos más íntimos de un artista modesto que atiende con atención la crítica ajena y confiesa, sin petulancia ni falsa humildad, “aprender cada día y de cada opinión”.Así, por una parte, reinterpreta los retratos, un género que le apasionó desde sus comienzos – “paisajes humanos”, según Holbein – de maestros de distintas latitudes y periodos a los que aporta, desde la afinidad, la ternura e, incluso, la ironía, matices propios. Picasso y Sorolla, por ejemplo, aparecen como se vieron y como los remiró Carlos Jorge; Felipe IV, acentuado en la aburrida displicencia que le descubrió Velázquez; y, en cómplice actitud con nuestro Emilio Machado, una galería de personalidades notables que se nos aproximan con la desenvoltura cotidiana que el artista tinerfeño les imprimió. En una segunda vertiente, que apunta hacia metas de mayor ambición y lirismo, recrea con originales composiciones y, sobre todo, con gamas propias, la tierra que habita, recorre y pinta. Desde las frondas umbrías del Garajonay, donde la maraña verde se esclarece con golpes de luz, hasta el sur, nuestro sur, el sur de todas las islas, al que aporta – y ahí está uno de sus más notables hallazgos – colores propios y, acaso, más tiernos y feraces, más promisorios de bellezas y cosechas que el viento solano les ha negado. El camino y la meta están ahora en la hermosa, y tramposa, geografía isleña, tan engañosa en las distancias y en las luces; para vencerla tiene la virtud juvenil de no estar nunca conforme con la obra hecha para exigir mucho más en la siguiente.