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Ceuta, Melilla, río revuelto – Por Fermín Bocos

   

En paralelo con la investigación abierta por la Fiscalía para esclarecer cual fue la actuación de la Guardia Civil y cuales las circunstancias que desembocaron en la muerte de 15 inmigrantes subsaharianos en aguas de Ceuta -murieron ahogados-, la tragedia da pie a reflexionar sobre un problema que ni tiene fácil solución, ni obedece a una sola causa. Casi todo está dicho acerca del origen de la avalancha migratoria procedente de los países del África negra: miseria generalizada, analfabetismo, tasas altísimas de natalidad, corrupción de las élites locales, luchas por el control de recursos minerales estratégicos disfrazadas de guerras étnicas, fanatismo religioso etc., etc. Es un hecho objetivo y, por lo mismo muy citado, que en nuestro planeta la mayor diferencia de renta per cápita entre dos fronteras se produce entre los países del sur de Europa y los del norte de África. Otro frente del problema es que Bruselas no tiene una política europea de inmigración. A la manera del asno atado a la noria, sigue dando vueltas al debate, sin llegar a ninguna conclusión. La UE amplió el club con una filosofía de tenderos, de vendedores atentos a los nuevos mercados y a las facilidades que se derivan de las diferencias de salarios: mano de obra barata. Muchas veces manos de inmigrantes. Después llegó la crisis y empezaron las restricciones. Ya digo que todas estas y aún otras circunstancias suelen ser referidas a la hora de analizar los problemas que apareja la crecida corriente migratoria procedente de África. Menos se ha reparado en qué parte de lo que está pasando en la frontera de Ceuta y Melilla quizá responda a una estrategia de Marruecos. Un ensayo de presión para hacer visibles ante los ojos del mundo las fronteras de estas dos ciudades españolas que consideran irredentas. Rabat podría intentar frenar la entrada masiva de subsaharianos en su territorio, pero no lo hace. Les deja acercarse y acampar por miles en las proximidades de nuestras dos ciudades autónomas. Disponer de los medios para evitar entradas masivas ilegales de inmigrantes entraña gastos, genera polémica, provoca desgaste político. En definitiva, la presión sobre nuestra frontera desgasta a España porque nos crea problemas políticos y sociales. Es verdad que las autoridades marroquíes colaboran con las españolas, pero sólo en el último tramo del viaje, cuando quienes quieren asaltar la valla o cruzar a nado hacia territorio español están a un tiro de piedra de su objetivo. La situación recuerda el sueño del pescador: pescar en río revuelto.