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El cielo no entretiene – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Me muevo a diario entre personas que van muy deprisa. Siempre corriendo, aunque estén sentadas. La cara de velocidad la llevan por dentro, que es el peor sitio para acelerar. En realidad, un poco así vamos todos: la inmensa mayoría de corazones es existencialmente taquicárdico. Así las cosas, poca sabiduría nos envuelve. Las decisiones, aun las más vitales, a menudo se toman en un clima de desasosiego y de permanente improvisación. De tanto correr, corremos hacia ninguna parte. Y eso es muy frustrante.

De ese peligro nos advierte hoy la palabra de Dios. “Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio”. Opino que es cierto, que hace falta pisar el freno para poder hablar de sabiduría al manejar la propia vida. No sólo en el número de ocupaciones, sino sobre todo a la hora de marcar el rumbo. Hay que frenar, aunque eso parezca una debilidad, una necedad, como dice el apóstol. Definitivamente, es preciso parar para que una decisión no se encadene con la siguiente simplemente por inercia y así, rueda que te rueda, nos despeñemos por la ladera del sinsentido. Algunos rostros, de dentro y de fuera, llevan escrita en la mirada la falta de rumbo, el hastío por tantos días que apenas aspiran a ser una repetición del anterior y un avance del siguiente. Lo que está en juego es nuestra salud mental y física. Y, más todavía, lo que dinamitamos subidos en la rueda del corre-corre es la experiencia de hondura de la propia vida y la calidad de nuestra fe. Nos arruinamos a nosotros mismos.

Cualquier persona, y desde luego un creyente, no puede vivir sin haber insertado en sus rutinas un tiempo para la reflexión. Superado el pensamiento práctico, aquel con el que despertamos a nosotros mismos y que está dirigido a resolver los temas más inmediatos, superada esa primera fase, digo, si nos lo permitimos emerge del silencio la sensación de poseernos, de estar aquí, de tener la oportunidad de tomar las riendas.
Tras esa verdad asoma otra aún más provechosa: la íntima alegría por estar vivo, por haber nacido, por pisar la tierra. Y luego, aparece el cielo, que no es un entretenimiento, sino una llamada. “Todo es vuestro: el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”, escribe Pablo. Ésa es la sabiduría que interesa a un creyente: la convicción de que esta vida y la vida otra están en manos de Dios. Sabiduría es vivir apoyados en la solidez de un mundo que tiene sentido, porque camina hacia su creador, y de unos días que están preñados de su cercanía, siempre aquí y siempre por llegar del todo. Esto lo entienden quienes se dejan envolver por el misterio que oculta cada amanecer y custodia la noche. Quienes salen a su encuentro, lo entienden. Los que prefieren seguir corriendo, casi siempre por miedo a sí mismos, juegan al cielo como jugábamos a las casitas de pequeño. Para pasar el tiempo.

@karmelojph