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La ciudad de los poetas / Urbanismo y poesía – Por Juan Cruz / Juan Manuel Bethencourt

   

La ciudad de los poetas / Juan Cruz

Ignoro por qué tu ciudad, a la que ahora sirves, abandonó la idea de aquella celebración de La Ciudad de los Poetas que en un tiempo reciente presidió, en primer lugar, el ilustre lagunero Arturo Maccanti.

Ahora que España y América lloran la pérdida de poetas grandes (Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Félix Grande…, qué terrible sucesión de despedidas, Juan Manuel) he estado pensando en eso, en el patrimonio poético inmenso que tienen La Laguna y Canarias, y el poco caso que se le hace a los poetas, francamente.

Hubo una excelente colección, la Biblioteca Básica Canaria, que puso en marcha Juan Manuel García Ramos, que puso en manos de un público amplio algunas de las obras grandes de esos poetas, clásicos y modernos, y hay tantos poetas que debieran ser, otra vez, rescatados o alentados; no comprendo cómo los poderes públicos insulares y regionales no se ocupan de ese patrimonio, por qué no lo agitan, por qué no lo celebran.

Leo mucha poesía, siempre he creído que la poesía aligera al periodista, lo pone en guardia contra los lugares comunes, lo anima a ser mejor, incluso a titular mejor. Como Maccanti, como Sánchez Robayna, como el veterano Pinto Grote, como el añorado Manuel Padorno, como aquel ingenuo dulce que era Pedro García Cabrera, como Lezcano, como González Barrera, como los Millares, como Pernas…
José Luis Pernas se enfada cuando recuerdo (“¡cómo si solo hubiera escrito ese verso!”) un verso que me ha servido de mucho: “Comprendo entonces que hay que buscarse una esperanza para seguir viviendo”. Confío en que un día esa esperanza de ver a la poesía en medio de la plaza, en ediciones baratas y suficientes, sea la base para una cultura de la lectura, que sería la base, también, para que disfrutemos de una civilización mejor.

Urbanismo y poesía / Juan Manuel Bethencourt

Una civilización mejor. No creo que exista un propósito más noble y complejo que ese con el que sentencias tu alegato a favor de la poesía en general y a la poesía lagunera en particular. Planteas, como tesis, la condición terapéutica de la rima, su función sanadora, una especie de gimnasia para el alma que en este caso nos viene de la mano de Maccanti o Padorno, pero también de Benedetti, Whitman o Henley, porque los poetas no tienen otra patria que la humanidad entera. Creo que, en alusión al apellido que le otorgas a García Cabrera, los poetas son unos ingenuos a conciencia, porque son perfectos conocedores no sólo de su condición mortal, sino también del limitado alcance de su visión en medio de la vorágine que hoy invade a la vida cotidiana. Aun así persisten en la búsqueda incesable de la belleza, haciendo bueno ese alegato moral de un gran dramaturgo y político, Václav Havel, según el cual “deberíamos hacerlo todo en serio, como si de ello dependiera el futuro del mundo”. En los manuales de comunicación política se dice que se hace campaña electoral en verso pero luego se gobierna en prosa, lo cual no deja de ser un reconocimiento de la hipocresía que preside lo primero y la impotencia que se manifiesta en lo segundo. Aun así hay que encontrar el denominador común cuando uno se entrega a la tarea. Puedo considerarme afortunado por servir en La Laguna, un municipio de larga tradición poética, que desde luego estamos obligados a rescatar. Mas sobre todo soy feliz de desempeñar mis tareas en un escenario, la gestión del territorio, que es sin duda el más poético que uno pueda soñar. Lo es por aglutinar todas aquellas disciplinas que, bien alineadas, constituyen la sagrada ciencia de la convivencia, eso tan difícil de conseguir y que viene a suponer la pelea por la conquista de la civilización mejor a la que aludes y disfrutarla en comunidad. Cuando algún amigo me escucha decirle que el urbanismo está asociado con la poesía, suele responderme que soy un tipo muy raro. Y es que igual lo soy.