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Después de la convención – Por Leopoldo Fernández

   

Palabras, palabras, palabras. Creo que Rajoy ha perdido una gran ocasión para acercarse a esos ciudadanos defraudados que aún esperan soluciones a sus problemas, sobre todo el paro y la desconfianza en la política y los políticos. Si la convención del PP pretendía una conexión entre la dirigencia, un chute de autoestima, una terapia de grupo, una reafirmación de liderazgo del presidente gallego, una confirmación de unidad ante los versos sueltos de Aznar, Aguirre, Mayor y compañía -más el desgaje por la derecha con el naciente partido Vox-, los objetivos seguro que los ha conseguido. Pero si los populares buscaban algo más, como proyectar una imagen de credibilidad y buen talante, realizar una autocrítica -por modesta que fuera- ante la expectación de los ciudadanos, anunciar alguna iniciativa política que saque al gobierno de su actual inmovilismo, concretar algunas de las reformas pendientes más allá del típico-tópico descenso impositivo, aludir al siempre actual problema de la corrupción, el discurso del jefe del gobierno resultó plano, optimista en exceso e innecesariamente duro -aunque justo en el fondo- con Rubalcaba. Lo que puede dar a entender que se trataba de abrir ya mismo la campaña electoral de las europeas de mayo… o que se reserva unas cuantas cosas para el próximo debate sobre el estado de la nación. Las alusiones a asuntos tan candentes como el desempleo, Cataluña, el aborto, la puesta al día de la Constitución, las elecciones al Parlamento de la UE y las reformas de la justicia y las normas laborales, entre otras, se perdieron en superficialidades cuando no en silencios clamorosos. Es rigurosamente cierto que al PP le cabe el mérito de que el país superara la recesión e incluso la intervención, tras una durísimo etapa de ajuste aún inconclusa y necesaria, tras las veleidades económicas del mandado de Zapatero. Pero, más allá de ombliguismos y propagandas, se echa de menos una apelación al esfuerzo de todos, un llamamiento al consenso, imprescindible para asegurar el esfuerzo colectivo ante los grandes retos que tiene planteados el país. Con un ambiente social muy caldeado, una economía que no acaba de despegar -porque falla la demanda y las empresas siguen sin liquidez y con muy difícil acceso al crédito-, una crisis de credibilidad en todas las grandes instituciones del Estado, un desempleo que no cesa, un empobrecimiento general de las clases medias y una constatada pérdida de derechos, sólo una cuidadísima e inteligente tarea de gobierno -transparente, imaginativa, solidaria, con iniciativas de caladopuede llevar al ánimo de los ciudadanos el clima de ejemplaridad y confianza que imperativamente necesita hoy la sociedad española.