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El drama del jubilado – Por Juan Pedro Rivero*

   

Muchas personas son las que anhelan alcanzar la edad en la que el sistema de la Seguridad Social premia a quienes han cotizado debidamente con una pensión de jubilación. Algunos añaden algún plan de pensiones privado que completa la mensualidad y garantiza mantener el ritmo de vida que llevaban antes de atravesar esa frontera “jubilar”. De todas formas, siempre se hará necesario la adaptación a la nueva situación que genera un inevitable vacío en las actividades de las personas. Pero este anhelo no es universal. Últimamente he sido testigo de la jubilación de dos amigos profesores de la Universidad que, si el sistema les dejara, continuarían ejerciendo su tarea docente e investigadora a pesar de haber cumplido ya los 70 años. Es más, han generado un sentimiento de pérdida que me ha llamado poderosamente la atención. ¿Cómo pueden no desear ese tiempo de merecido descanso tras una vida de trabajo tan extraordinaria? Y la pena no la quita ni la fiesta de jubilación que organizan sus compañeros, ni el acto institucional de homenaje por muy exquisito que sea. Esta mañana escuché en radio, en el mismo sentido pero en el ámbito sanitario, la terrible pérdida que sucede al jubilarse “buques insignia” de la investigación y la atención hospitalaria que, de igual modo, si no fuera porque cumplen inevitablemente la edad que cumplen, seguirían implicados en esa tarea. Educación, sanidad, gestión institucional, etc., etc. Tal vez sea verdad la ceguera de la “justicia” que busca la igualdad de todos ante la ley independientemente de cualquier circunstancia personal. Pero habría que abrir los ojos y reconocer que la justicia ha de buscar también la “equidad”; o sea, la justicia en el caso concreto. Porque no hay mayor injusticia que tratar de igual manera casos que son totalmente diferentes. ¿Por qué la sociedad se tiene que perder la experiencia docente de quienes han dedicado su vida a la docencia, si, a pesar de su edad, están en perfecto estado y con una lucidez impresionante? ¿Por qué hemos de perder la sabiduría que quienes han desarrollado protocolos y terapias y hecho avanzar los conocimientos médicos? ¿Por qué suponer que todos a la misma edad están en la misma situación? La semana pasada cumplió 98 años el obispo don Damián. Ya sé que es un caso extraordinario del todo. Pero aún posee una lucidez que ya quisiera yo para mí. Y nos hemos perdido ya 28 años de sabiduría y experiencia. Hay que saber decir adiós, y dejar paso a otros con más fuerza y capacidad; pero hay que saber acoger y aprovechar la sabiduría que habita en toda biblioteca -en expresión de cultura africana-, que es un anciano. Siempre preferiré fronteras líquidas que griten “equidad”.

*RECTOR DEL SEMINARIO DIOCESANO
@juanpedrorivero