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Ellas – Por Pedro Murillo

   

Dicen que son unos vagos y maleantes. Que no se esfuerzan lo suficiente y por ello deben ser segregados desde las primeras etapas educativas. Creen que el exilio les hará olvidar sus raíces y que es mejor que se vayan a Alemania a malvivir con un minijob fregando platos o dispensando comida basura. Argumentan que mejor no luchen por sus sueños, sino en tierra ajena. Mientras, ellos, los de siempre, idolatran un pasado que se ha encarnado en presente en las catedrales custodiadas por la policía y regada con sangre y cardenales de violácea energía republicana. Todos esos que sufren la picana ideológica y, especialmente, ellas, las que luchan en mitad de una tormenta impasible. Las que no podrán disponer de su destino ni de su cuerpo con un futuro secuestrado bajo la égida de una hipoteca abominable. Son ellas, las que sus abuelas ya salieron a las calles para clamar por su derecho a ser capitanas de sus propios días. Las que ven que sus hijos se refugian en los umbrales de la pobreza en donde el cartón ha sido sustituido por el pladur pero es cartón al fin y al cabo. Ellas, violetas solas en mitad de inmensos campos de trigo y gulags. Ellas, a las que temen los obispos, a las que violan con palabras desde los escaños y los andamios. Que sintieron cómo llegaban tarde al estreno de su vida adulta entre pañales y oficinas, con todo y sin nada, con lágrimas y sonrisas y poco sueldo trabajando el doble que su compañero. Ellas, las de más de 90, que sufren el segundo manto de silencio en menos de cincuenta años y que vegetan en hospitales colapsados, en camas de urgencias para dilatarse en la muerte. Ellas, las de sesenta inviernos sin calefacción que asisten al funeral de sus pensiones y que esta maldita crisis les robará diez primaveras. Ellas, las jóvenes, que reniegan de las rosas rojas, y un romanticismo intravenoso como aceite de ricino que reivindican ser arquitectas de su propia imagen y voz, que no quieren esperar sentadas a ningún príncipe y menos azul. A ellas las condenan al exilio y se termina como se suelen terminar los debates en este país desde hace dos años, con un golpe seco de reforma y decreto. Ellas, sin embargo siguen aquí luchando en la supervivencia de los abrazos esperando el amanecer tras las puertas y proyectos. Tienen talento y ganas de estallar el mundo en mil pedazos para reconstruirlo en silencio. Aman y crean con la impaciencia de las abejas porque no les dejan otro remedio que beber a sorbos una libertad domesticada. No tendrán dinero para aprender otras lenguas ni para arropar sus pinceles huérfanos de color pero siguen adelante. Hoy me pliego y te presto este espacio, para ti que me lees y sigues aquí sin doblegar tu alegría. Eres mi heroína.