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En el país de las maravillas – Por Blanca Delia García

   

Mi madre me sentaba en el suelo con una lata de galletas. Antes no teníamos lavadora y ella pasaba buenos ratos en la pila o en la máquina de coser; tenía que lavar o arreglar la ropa del trabajo de mi padre, necesitaba que yo estuviera entretenida, y lo conseguía con lo que más me gustaba. Yo daba pequeños mordiscos e imaginaba nuevas formas para aquellas deliciosas maría que comía hasta no poder más. Eran un recurso infalible para que me quedara tranquila un rato, y mi madre lo aprovechaba: las galletas y yo, pero la fórmula no siempre funcionaba y entonces me contaba un cuento. “El del país de las maravillas mamá”, pedía entusiasmada, para poco después, entre bocado y bocado, dejar volar mi imaginación por aquellos mundos de ensueño que ayer se volvieron a hacer presente al escuchar el discurso del presidente del Gobierno de nuestro país: “Hemos dejado atrás la crisis”, dijo y yo me quedé boquiabierta. Instintivamente corrí a la cocina y abrí un paquete de galletas, pero esta vez no logré satisfacer mis nervios ni siquiera cuando el líder de la oposición pronunció las palabras que yo pensaba: “Señor Rajoy, ¿en qué país vive usted?”. No es cuestión de posiciones políticas y sí de verdades tan claras como el agua cristalina: España tiene más paro, menos derechos y peores servicios. Entristecida decidí cambiar de canal; si no es bueno confundirnos con falsas alegrías, tampoco lo es que dejarnos vencer por el pesimismo, pero es que a nivel regional la cosa no va mucho mejor. El Parlamento canario apoya pedir un referéndum sobre los sondeos petrolíferos que amenazan con cambiar el color de nuestras costas: el azul podría volverse negro. ¡Uf, y ha muerto Paco de Lucía, encima! Mejor seguimos cambiando. ¿Un poco más cerquita quizás? “El ámbito local tal vez nos ofrezca alguna alegría”, pensé, pero entonces tropecé con Las Teresitas y el mamotreto, que me llevó a los años en los que se aseguraba que se iba a hacer la mejor playa para el pueblo de Santa Cruz, tapadera para comprar por millones lo que ya era nuestro, y construir lo que hoy nos costará derribar y que debe derribarse sin excusas. El conejo blanco del cuento seguía saltando: “Llego tarde, llego tarde” y volvía a desaparecer, única manera quizás de no dejarse atrapar por la realidad que nos rodea y que en nada se parece a la historia de fantasía dibujada en el discurso presidencial.