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luces y sombras>

Excomunión – Por Pedro H. Murillo

   

Al hilo de la protesta promovida por un colectivo de mujeres en contra de la abominable reforma de la ley del aborto he recordado un anécdota de mis años de pimpollo. Sucede que este colectivo ha pedido, como forma contestataria de protesta, exigir la excomunión frente al Obispado de Tenerife tras las declaraciones de un obispo de la península advirtiendo a las mujeres del las consecuencias para su alma si deciden abortar. Es curioso lo mucho que le obvió al clero el cuerpo femenino al que odian profundamente desde hace dos mil años. La protesta me resulta deliciosamente acertada, sin embargo todo será en vano. Cuando comencé a tener algo de luces, me planteé que seguir formando parte de una entidad gregaria con espúreos intereses económicos como la Iglesia católica era absurdo. Desde siempre, me han molestado profundamente todos aquellos iluminados que intentan coartar mis derechos en aras de salvar mi país, que entiendo como unos recuerdos de la infancia, la gente a la que amo y un idioma maravilloso, o mi alma, humor u entidad que no logro ubicar ni en mi cerebro ni en el tórax. La cuestión es que siendo adolescente solicité la apostasía y resultó ser más una maraña burocrática tan complicada que darse de baja de una empresa de telefonía móvil es un juego de niños. Primero me entrevisté con el párroco que intentó disuadirme con las llamas del averno y la muerte. Si Facebook es un imperio levantado gracias a la explotación del ego de cada uno, la Iglesia ha tenido en el miedo ancestral de la muerte un activo que le ha salido rentable. En realidad las tres grandes religiones monoteístas no han hecho otra cosa que fomentar y practicar la muerte y el genocidio mimetizándose con las estructuras del poder político. Como con la muerte pinchó en hueso, el párroco intentó convencerme con una epístola de San Pablo. Sin embargo, no logró tras más de dos horas hablando del odio cerval hacia un personaje que ni siquiera conoció al Galileo en persona y que cada día daba gracias a Dios de no haber nacido mujer. En definitiva, seguiremos perteneciendo a una especie de secta muy poco divina. Pasados los años, en la contraportada del periódico en el que trabajaba escribí un artículo en donde le solicitaba al recién proclamado papa Benedicto que me excomulgara, pero no hubo manera. Pensándolo bien, lo que con este gobierno apetece es excomulgarte como ciudadano y vivir en un ateísmo apacible, en donde no disparen a inmigrantes agónicos con pelotas de goma ni las mujeres tengan que pedir perdón por querer ser propietarias de sus ovarios. ¿Dónde hay que firmar?