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Francisco Salzillo – Por Luis Ortega

   

Como un epílogo a las Navidades y a las cuestas y rebajas que las siguen, el Palacio de Cibeles mantiene abierto el belén de Salzillo que, por tercera vez en la historia, se expuso en Madrid. (Las anteriores tuvieron como sede el Museo de Artes Decorativos, en 1961, y el Palacio de Oriente, en 1998). Es una barata oportunidad -sólo un euro- para contemplar la monumental producción del murciano Francisco Salzillo y Alcaraz (1707-1783), hijo de un escultor italiano y una huertana rica, culto en todas las manifestaciones intelectuales, aunque sólo salió de su ciudad “una única vez y para entregar unas obras en la vecina Cartagena”, y rehusó las ofertas del Conde de Floridablanca para instalarse en la Corte. Realizó sus primeros estudios con los jesuitas; luego, abandonó el noviciado dominico para atender el taller paterno y, desde sus mocedades, demostró una innata habilidad para el modelado y la talla en madera. Considerado como el mejor imaginero del XVIII, en su amplia producción se reflejan y suceden, con elegancia y naturalidad, las grandes tendencias dieciochescas: el barroco, el rococó y neoclasisismo, surgido como una renovación para alisar los excesos. Dos de sus hermanos -José Antonio y Patricio- y José y Roque López fueron los nombres más conocidos del círculo salzillesco, cuya fama trascendió pronto su región natal y, al tiempo que se multiplicaron los encargos de toda la Península y la América hispana, su prestigio social le permitió fundar la Real Sociedad Económica de Amigos del País y, en directa dependencia de la misma, la Escuela Patriótica de Dibujo, primera de las creadas en el levante y de la que fue eficaz profesor de escultura y director. Reconocido como un creador de proyección internacional y un ciudadano ilustre, a su muerte fue enterrado con todos los honores en el Convento de Monjas Capuchinas, donde había profesado su hermana mayor Francisca de Paula. Repartidas por la mayoría de las parroquias y templos murcianos y con una espléndida selección en el museo de su nombre, en la plaza de San Agustín, sus obras son imprescindibles -y además los principales atractivos- de las liturgias católicas, desde la Natividad hasta la Semana Santa, y para entender, en modo sublime, la peculiar estética levantina, con mucho peso formal y decorativo pero, en su caso, con un sentido del equilibrio y la mesura que lo convierten en una de las grandes escultores de todos los tiempos.