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Gonzalo Castro Fariña – Por Luis Ortega

   

Con la conciencia intranquila por no haber denunciado con mayor energía y voz más alta, la merienda de blancos que, en tiempos holgados o difíciles, rodea nuestra cultura, asumo el tránsito, hace ahora dos años, de Gonzalo Castro Fariña, licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de La Laguna – donde compartió pupitre con Luis Cobiella, Pedro González y Bretón Funes, entre otros – alumno becado en el Instituto Tecnológico de Massachussets, acaso la institución privada más prestigiosa de Estados Unidos, en ciencias, ingeniería y economía. Conoció en sus últimos años a Blas Cabrera Felipe y siguió cursos de postgrado en la Universidad de Virginia, con su hijo Nicolás, que lo tuvo entre sus alumnos y amigos predilectos. Profesor titular de la Universidad Central de Venezuela, allí revolucionó la didáctica e investigación y fundó, dentro de la Escuela de Geología, el departamento de minas y metalurgia, de donde salió la primera promoción de Ingenieros Metalúrgicos para lo que contó con un grupo de apoyo académico, integrado por prestigiosos profesores españoles y europeos, que reconocieron y elogiaron la labor del doctor canario, un hombre cordial y afectuoso que gozó de una inmensa popularidad en los ámbitos académico y social de la capital venezolana. Elegido, junto a otros prestigiosos docentes para una ambiciosa reforma educativa, Castro fue el flanco izquierdo de esta auténtica revolución que colocó al país en un lugar notable dentro del concierto latinoamericano. Para administrar aquellos avances, sus audaces promotores asustaron a la dominante Acción Democrática, que los colmó de honores y les concedió una temprana y dorada prejubilación que nuestro amigo aprovechó para desarrollar un amplio trabajo de laboratorio, pionero en el comportamiento de los materiales; asesor de importantes infraestructuras públicas -como el Tren Metropolitano de Caracas- recibió pese a su independencia política importantes distinciones, como el doctorado honoris causa (2006) y el título de Académico de la Ingeniería y el Hábitat, que “funciona -según su presidente-impermeable a desalientos, asedios y órdenes”. “Me siento agradecido hacia quienes me han mostrado su amistad, con quienes he compartido experiencias capitales de la vida académica y orgulloso de haber contribuido a la formación de los ingenieros metalúrgicos que esta gran nación necesita para su desarrollo”, declaró en su último homenaje. Castro Fariña es un referente de sabiduría, decencia y cordialidad al que es necesario volver como obligación de divulgar los injustos olvidos que cometemos con los paisanos más distinguidos.