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Una historia pequeña – Por Francisco Pomares

   

Los medios suelen construirse con grandes noticias, asuntos y sucesos que interesan y afectan a las sociedades, sus dirigentes o sus famosos. Raramente se ocupan de las historias pequeñas. Yo les traigo hoy una de esas historias que no interesan a casi nadie. Es la de un pastor evangélico bautista, un tal Luis, un jubilado que dedica su tiempo, sus recursos y esfuerzos a su mínima parroquia y a la oenegé Solican, una organización de chochos y moscas que recoge libros y enseres usados y que dedica todo el fruto de ese tráfico de baratillo a un silencioso catálogo de acciones solidarias: el mantenimiento de una librería de viejo que cede todos sus libros -todos- por donativos de a un euro la pieza, y que reparte pañales en asilos, envía comida a quienes la necesitan, dota de libros gratis a bibliotecas vecinales, y otras cosas así. Minúsculas iniciativas que no cambian el mundo, desde un chiringuito también minúsculo, instalado en la segunda planta del centro comercial municipal Nuestra Señora de África, en un local abandonado por un bar y que la gerencia del mercado alquiló a Solican a cambio de que lo restaurara, quitara la grasa de años de las paredes y pagara un alquiler sin siquiera hacer un contrato. No les voy a contar como funcionan las cosas, pero en Solican no van -no pueden ir- precisamente muy bien, y se han acumulado algunos retrasos. Luis paga con su pensión también mínima una parte del alquiler que no cubren los donativos, pero la gerente del Centro Comercial quiere desocupar los locales para hacer trasteros y alquilarlos a los vendedores del Rastro. Hace un par de días envió a Solican un oficio exigiendo que abandonara el local en el plazo de diez días, y apenas un par de días después, para apretar un poco más las tuercas, un operario del centro cortó con unos alicates la acometida de luz. Ustedes dirán que un atropello así no puede ocurrir en una instalación municipal, precisamente en una ciudad cuyo alcalde ha abanderado la lucha contra los desahucios, pagando de su propio bolsillo alguna mensualidad de alquileres no pagados. Son cosas del alcalde, y esas los periódicos sí que las contamos. Pero yo estuve este martes en el segundo piso del abandonado centro comercial del mercado, animado apenas por la tropa de amigos de Luis, sus ‘clientes’ y sus beneficiados, y vi los cables cortados, y a Luis y su pequeña cuadra de voluntarios a oscuras, pensando qué hacer para mover de allí sus muchos libros y sus pocos bártulos. Bueno, esta es la historia. En ella hay hasta brujas que traen la oscuridad a la gente, usando alicates en vez de varita. Me pregunto si alguien será capaz de darle a esta historia un final feliz.