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La ignorancia de Cristina – Por Rafael Torres

   

No debería extrañar tanto que Cristina de Borbón no se enterara de nada: siempre ha vivido en otro mundo. Sus respuestas al interrogatorio del juez Castro, la mayoría del orden del no sé y del no me acuerdo, acaso no deberían interpretarse como deliberadamente elusivas, fraguadas en las intensas sesiones preparatorias con sus abogados, sino como producto espontáneo de la psicología de quien, efectivamente, ni sabe ni se acuerda de nada, bien que porque no le haya dado la gana y la vida se lo haya permitido. Pudiera ser, cual se malicia el juez que lleva el caso Nóos, que Cristina de Borbón, propietaria al 50% de la sociedad Aizoon donde revertían los dineros públicos que el instituto “sin ánimo de lucro” sustraía con la indispensable colaboración de los políticos que lo administraban, conociera la procedencia de ese dinero que ella empleaba alegremente para sus cosas, para vivir como una marajá, pero también podría ser, y en el fondo vendría a ser lo mismo, que nunca haya tenido la necesidad, o la obligación, de saber exactamente de dónde salía el dinero para su supervivencia y para el mantenimiento, desde que nació, de su tren de vida. La ocupación de sus padres, reyes, con ingresos y disfrutes de la más diversa e imprecisa laya, es natural que no la instruyeran tanto sobre los arcanos del trabajo y de su lógica remuneración como, por ejemplo, a la hija de un banderillero, de un maestro de escuela o de un albañil. Quien no sabe lo que las cosas cuestan, es comprensible que también ignore de dónde se saca lo que debe por ellas pagarse. Sin ir más lejos: ¿Sabría decir Cristina de Borbón de dónde ha salido el dineral que ha costado al Erario su comparecencia en el Juzgado de Palma? Tenemos una ministra, Ana Mato, que no sabía de dónde había salido el rutilante Jaguar que tenía en el garaje, y no pasa, aunque asombrosamente, nada. ¿Cuántos coches había en el garaje de La Zarzuela? ¿Vio la Infanta a su padre, alguna vez, devanarse los sesos para ver el modo de pagar la letra que vencía de alguno de ellos? Sus abogados, imbuidos como es natural del mundillo de las argucias procesales, la sometieron en las vísperas de su deposición ante el juez a un entrenamiento tan riguroso como innecesario: pudiera ser que doña Cristina no supiera, en verdad, nada, ni se enterara de cosa alguna. En su mundo ubérrimo, marciano, nunca le hizo falta.